ECO-02-A: El Mercantilismo y la Acumulación
«El único medio ordinario de aumentar nuestra riqueza y nuestro tesoro es el Comercio Exterior, en el cual debemos observar siempre esta regla: vender cada año a los extranjeros más valor del que consumimos de lo suyo.»
— Thomas Mun, England’s Treasure by Forraign Trade, cap. 2 (publicado póstumamente, 1664)
Génesis y Conexión Histórica
Entre la Europa de Santo Tomás y la de Adam Smith media una transformación colosal: la formación de los Estados nacionales modernos. La caída de Constantinopla, los descubrimientos atlánticos, la Reforma, las guerras de religión y la revolución militar de la pólvora crearon un mundo de monarquías competitivas, permanentemente endeudadas y permanentemente en guerra. En ese mundo, la pregunta económica cambió de signo. Ya no es la pregunta escolástica —¿qué intercambio es justo ante Dios? (ECO-01-A)—, sino la pregunta del consejero real: ¿cómo financia el Estado su poder?
El mercantilismo es la respuesta a esa pregunta. Conviene precisar desde el inicio, con los historiadores, que el «mercantilismo» —término popularizado precisamente por su crítico, Adam Smith, que habló del «sistema mercantil» o «comercial»— no fue una escuela doctrinaria unificada con manifiesto y fundador. Fue, más bien, una constelación de panfletos, memoriales de comerciantes, ordenanzas reales y prácticas administrativas, extendida por Europa entre los siglos XVI y XVIII, unida por algunas convicciones compartidas. Eli Heckscher, en su gran estudio clásico (Mercantilism, 1931), lo definió como un sistema de poder: la política económica como instrumento de la unificación y fortaleza del Estado nacional.
Esta lección examina esa constelación: su premisa bullonista, su doctrina de la balanza comercial, sus dos grandes variantes prácticas (la inglesa y la francesa) y su demoledora refutación interna a manos de David Hume —la cual no impidió que el mercantilismo, como tentación política, siga reapareciendo hasta hoy.
1. La premisa bullonista: la riqueza es el tesoro
La primera intuición mercantilista es también la más antigua y la más persistente: la riqueza de una nación consiste en su acumulación de metales preciosos, oro y plata. En un mundo donde el dinero era literalmente metal acuñado, y donde el metal era además la materia prima de los ejércitos —los soldados se pagaban en moneda sonante—, la identificación entre «tesoro nacional» y «poder estatal» parecía de sentido común.
España ofrecía el espejo más visible: el imperio que recibía los galeones cargados de plata de Potosí y Zacatecas era, a ojos de Europa, el modelo de la riqueza nacional. Que esa misma España se declarara en bancarrota repetidas veces (1557, 1560, 1575, 1596…) y que la afluencia de metal americano hubiera desatado la «revolución de los precios» —una inflación secular que los escolásticos de Salamanca ya analizaban (cf. ECO-01-A, §5.3)— era una lección que Europa tardaría en digerir: el metal abundante no enriquece si no hay producción real detrás.
Los primeros mercantilistas, los llamados «bullonistas» (como los españoles del arbitriismo o los primeros ingleses), extrajeron de aquí la consecuencia más cruda: si la riqueza es el metal, hay que prohibir su salida. De ahí las leyes de estanco y las severísimas penas —en Castilla, la muerte— contra la exportación de moneda y de metales preciosos.
2. La doctrina madura: la balanza comercial favorable
El mercantilismo maduro supera el bullonismo ingenuo con un razonamiento más fino. Si un país sin minas propias quiere acumular metales —argumentan los teóricos ingleses—, prohibir su salida es insuficiente y contraproducente: el comercio exige que el dinero circule. El camino correcto es otro: vender más de lo que se compra. La diferencia, la «balanza comercial favorable», volverá al país en metálico.
La formulación canónica es de Thomas Mun (1571-1641), comerciante de la Compañía de las Indias Orientales, en su obra póstuma England’s Treasure by Forraign Trade (1664). Mun había defendido ya en 1621 el derecho de su compañía a exportar moneda para financiar el comercio con Asia, con un argumento que se volvió clásico: el dinero exportado es como el trigo sembrado —se aparta para multiplicarse—, pues los bienes reexportados desde Inglaterra devuelven mucho más de lo que salió. En la Treasure, Mun sistematiza los medios de lograr la balanza favorable:
– Exportar manufacturas, no materias primas: el valor añadido del trabajo nacional es lo que engorda la balanza.
– Reducir el consumo de productos extranjeros, fomentando los sustitutivos nacionales.
– Desarrollar la marina mercante y los servicios (fletes, seguros, comisión), los «ingresos invisibles».
– Reexportar: convertir al país en el entrepost (staple) del comercio mundial, como Holanda.
Detrás de la receta hay una visión del mundo económico como juego de suma cero: el stock mundial de riqueza es fijo; lo que una nación gana, otra lo pierde. El comercio internacional es, en el fondo, una guerra continuada por otros medios —y los mercantilistas lo decían sin rubor. De esta premisa se derivan los rasgos políticos del sistema: aranceles protectores, monopolios por compañías privilegiadas, legislación de navegación (las Navigation Acts inglesas de 1651 y 1660, dirigidas contra el transporte holandés) y colonias concebidas como fuentes cautivas de materias primas y mercados cerrados.
3. Las variantes nacionales: Colbert y el cameralismo
El mercantilismo fue una doctrina de gabinete, y cada Estado le dio su forma.
1. Francia: el colbertismo
Jean-Baptiste Colbert (1619-1683), ministro de Luis XIV durante casi dos décadas, ejecutó el programa mercantilista más completo de la historia. Su obra no fue teórica sino administrativa, y abarcó:
– Las manufacturas reales (manufactures royales): fábricas estatales o subvencionadas de lujo —los Gobelinos para tapices, Saint-Gobain para espejos (creada para romper el monopolio veneciano)— destinadas a sustituir importaciones y a exportar prestigio.
– La reglamentación industrial: cientos de ordenanzas que fijaban el número de hilos por pulgada de cada tejido, con inspectores (contrôleurs) para hacerlas cumplir. La calidad uniforme era, a sus ojos, una ventaja exportadora.
– La infraestructura: el Canal del Mediodía (Canal du Midi, 1666-1681), que unió el Atlántico con el Mediterráneo, y la reconstrucción de la flota mercante y de guerra.
– Los aranceles de 1664 y 1667, que gravaron duramente las manufacturas importadas, desencadenando guerras comerciales con Holanda.
El balance es ambivalente: Francia ganó industria y prestigio, pero a costa de una fiscalidad aplastante sobre el campo y de la expulsión de los hugonotes (1685), que llevó a sus rivales a miles de artesanos cualificados —prueba de que el dirigismo puede construir y destruir con la misma mano.
2. El mundo germánico: el cameralismo
En los principados alemanes y en la Austria de los Habsburgo, el mercantilismo tomó forma académica: el cameralismo (Kameralwissenschaft, la «ciencia de la cámara» o erario príncipe). Autores como Philipp Wilhelm von Hörnigk —cuyo Österreich über alles, wann es nur will (1684) ofrece nueve reglas de economía nacional, incluida la de trabajar las materias primas «dentro del país» y prohibir los artículos de lujo extranjeros—, Johann Joachim Becher y posteriormente von Justi elaboraron manuales de administración para maximizar los ingresos del príncipe. El cameralismo, con su énfasis en la población (el «pobladismo»: más súbditos, más contribuyentes y soldados) y en la eficiencia fiscal, es un ancestro directo tanto de la administración pública moderna como de la Nationalökonomie alemana del siglo XIX.
4. La refutación interna: Hume y el mecanismo flujo especie-precio
El mercantilismo no fue derrotado por sus enemigos políticos, sino por su propia lógica. En el ensayo Of the Balance of Trade (1752), David Hume demostró que el objetivo mercantilista —acumular metal de forma permanente mediante superávits comerciales continuados— era autodestructivo.
El argumento, conocido como mecanismo flujo especie-precio (price-specie-flow mechanism), es de una elegancia implacable:
1. Supongamos que Inglaterra logra un superávit comercial sostenido: entra más oro y plata del que sale.
2. La cantidad de moneda en circulación dentro del país aumenta. Pero —y aquí Hume aplica una intuición que ya esbozaran los salmantinos del siglo XVI— el nivel general de precios depende de la cantidad de dinero en relación con los bienes disponibles.
3. Con más dinero y los mismos bienes, los precios internos suben.
4. Los productos ingleses se vuelven más caros en el exterior y los extranjeros más baratos en Inglaterra: las exportaciones caen, las importaciones suben.
5. La balanza se invierte, el metal refluye hacia fuera, y el sistema tiende por sí solo a un equilibrio en el que ningún país retiene ventaja permanente.
«¿Puede uno imaginarse que, por cualquier cuidado del gobierno, sería posible conservar para siempre en una nación esa ventaja monetaria? […] El agua, en todas partes, se mantiene nivelada.» (Hume, Of the Balance of Trade, 1752)
La conclusión subvierte la premisa suma-cero: el comercio entre naciones prósperas no es guerra sino ganancia mutua, y una nación no puede desear la pobreza de sus vecinos, porque vecinos ricos son clientes ricos. Veinticuatro años después, el Libro IV de la Riqueza de las Naciones de Smith (1776) —que estudiaremos en ECO-03-A— asestará el golpe final: la riqueza de una nación no es su tesoro, sino la producción anual de su trabajo; y la política mercantil no sirve a la nación, sino a los comerciantes que la capturan para sus privilegios.
5. Valoración: ¿qué queda del mercantilismo?
La historiografía moderna ha matizado la caricatura smithiana. Los mercantilistas:
– No confundían del todo riqueza y metal. Mun y otros distinguían entre la riqueza «natural» (bienes) y la «artificial» (moneda), y su obsesión monetaria tenía una lógica en un mundo sin banca central: el metal era liquidez, crédito y poder de movilización militar.
– Vieron correctamente la importancia de la industria. La intuición de que exportar manufacturas vale más que exportar materias primas —el germen de la teoría de la ventaja y de las políticas de industrialización— fue recuperada por List, por Hamilton y por todo el desarrollismo del siglo XX.
– Construyeron el Estado moderno. Catastro, estadística, administración fiscal, infraestructura: buena parte de la capacidad estatal sobre la que opera hoy cualquier economía es herencia mercantilista.
Y, sin embargo, su error de fondo era real: confundir la riqueza con un activo particular (el metal), concebir el comercio como rapiña, y sacrificar el consumo —la vida material de la población— al poder del príncipe. Cada vez que un gobierno contemporáneo persigue el superávit comercial como fin en sí mismo, acumula reservas más allá de toda prudencia o subordina el bienestar interno a la «competitividad» entendida como guerra, los economistas evocan el mismo nombre: neomercantilismo. El mercantilismo, más que una época, es una tentación permanente.
Ecos y Semillas para el Futuro
El mercantilismo es el eslabón entre el mundo moral de la escolástica y el mundo analítico de la economía clásica:
1. Hacia Smith (ECO-03-A): la Riqueza de las Naciones se construye, en gran parte, contra el sistema mercantil. El Libro IV es la crítica sistemática de la balanza comercial, los monopolios y las compañías privilegiadas. Entender el mercantilismo es entender contra qué —y por tanto a favor de qué— escribió Smith.
2. Hacia la teoría monetaria: el mecanismo de Hume y la intuición salmantina sobre cantidad de dinero y precios son los antepasados remotos de la teoría cuantitativa que resucitará el monetarismo (ECO-07-A).
3. Hacia los debates vivos: proteccionismo, guerra comercial, acumulación de reservas, política industrial. Los argumentos de Mun y Colbert no han muerto; solo han cambiado de idioma. Saber reconocerlos —y reconocer la refutación de Hume— es una herramienta de lectura del presente.
Referencias Bibliográficas
Mun, T. (1664). England’s Treasure by Forraign Trade*. Thomas Clark.
Hume, D. (1988). Ensayos morales, políticos y literarios* (F. J. Martín Gil, Trad.). Tecnos. (Obra original publicada en 1741-1777)
Smith, A. (1994). Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones* (C. Rodríguez Braun, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1776)
Heckscher, E. (1943). Mercantilismo* (G. Bergmann, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1931)
Schumpeter, J. A. (1994). Historia del análisis económico* (M. Saborido, Trad.). Ariel. (Obra original publicada en 1954)
Viner, J. (1937). Studies in the Theory of International Trade*. Harper & Brothers.
Magnússon, L. (2015). The Political Economy of Mercantilism*. Routledge.
Bibliografía y fuentes
- Mun, T. (1664). England's Treasure by Forraign Trade. Londres: Thomas Clark. (Ed. española: El tesoro del comercio exterior de Inglaterra, en antologías de historia del pensamiento económico)
- Hume, D. (1988). Ensayos morales, políticos y literarios (F. J. Martín Gil, Trad.). Tecnos. (Obra original publicada en 1741-1777)
- Smith, A. (1994). Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (C. Rodríguez Braun, Trad.). Alianza Editorial. Libro IV. (Obra original publicada en 1776)
- Heckscher, E. (1943). Mercantilismo (G. Bergmann, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1931)
- Schumpeter, J. A. (1994). Historia del análisis económico (M. Saborido, Trad.). Ariel. (Obra original publicada en 1954)
- Viner, J. (1937). Studies in the Theory of International Trade. Harper & Brothers.
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