ECO-03-A: Adam Smith y la Riqueza de las Naciones
«No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de donde esperamos nuestra cena, sino de su propio interés. No nos dirigimos a su humanidad sino a su amor propio, y nunca les hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas.»
— Adam Smith, Riqueza de las Naciones I.ii.2 (trad. C. Rodríguez Braun, Alianza, 1994)
Génesis y Conexión Histórica
Con Adam Smith (1723-1790) la reflexión sobre la riqueza se convierte en ciencia. Lo que en Grecia y la escolástica fue un capítulo de la ética (ECO-01-A) y en los mercantilistas un arte de gobierno (ECO-02-A), se transforma en 1776 en un sistema analítico: la Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones no pregunta qué debe hacer el príncipe, sino cómo funciona —qué produce la prosperidad material de una sociedad y qué la obstruye.
El contexto es la Escocia de la Ilustración: el país más pobre de Gran Bretaña que, en dos generaciones, produjo a Hume, Ferguson, Reid y al propio Smith. El profesor de filosofía moral de Glasgow —la economía no existía aún como cátedra independiente— pudo observar de cerca la pobreza de los Highlands, el auge mercantil del Clyde y las primeras fábricas de la revolución industrial. Y pudo discutirlo todo con su amigo David Hume, cuya refutación del mercantilismo monetario (cf. ECO-02-A, §4) es uno de los cimientos sobre los que se alza el libro.
Dos precisiones antes de entrar en materia. Primera: Smith no inventó la economía de la nada —fisiócratas franceses, Hutcheson, Hume y los propios escolásticos le suministraron materiales—, pero fue él quien los organizó en un edificio coherente que dominó el siglo siguiente. Segunda, y más importante para leerlo bien: la Riqueza de las Naciones es la segunda parte de un proyecto cuya primera parte es la Teoría de los Sentimientos Morales (1759). El «Adam Smith unidimensional» de los manuales —el profeta del egoísmo— es una caricatura que el propio Smith desautoriza desde su primera página.
1. Los dos Smith: simpatía e interés
La Teoría de los Sentimientos Morales se abre con una afirmación que desconcierta a quien solo conoce al Smith de manual:
«Por egoísta que se suponga al hombre, hay evidentemente algunos principios en su naturaleza que le interesan en la fortuna de otros y hacen que su felicidad le sea necesaria, aunque no derive de ello nada más que el placer de presenciarla.» (TMS I.i.1)
La moralidad humana se funda, para Smith, en la simpatía (sympathy): nuestra capacidad imaginativa de ponernos en el lugar del otro, y en la figura del espectador imparcial (impartial spectator), el juez interior ante el que contrastamos nuestras acciones. La sociedad humana es posible porque nos importa cómo nos ven los demás.
¿Contradice esto la Riqueza de las Naciones, con su apología del interés propio? No: son planos distintos del mismo edificio. La vida moral en general exige simpatía; el ámbito estrecho del intercambio mercantil entre extraños se organiza mejor mediante el interés propio mutuamente disciplinado. Cuando el carnicero nos vende la carne (cita inaugural), no fingimos que nos ame ni pretendemos amarlo: el mercado es el mecanismo que permite cooperar a millones de personas que jamás se conocerán. La llamada «cuestión Adam Smith» (Das Adam-Smith-Problem) que los alemanes del XIX creyeron ver —dos libros incompatibles— se disuelve en cuanto se leen ambos: la búsqueda del interés propio opera dentro del marco de justicia y de reglas que la teoría moral describe.
2. El motor de la riqueza: la división del trabajo
La Riqueza de las Naciones comienza con su tesis central, anunciada ya en el título del Libro I: la riqueza de una nación es la producción anual de su trabajo, y su mejora depende, sobre todo, de la división del trabajo (WN I.i-iii).
1. La fábrica de alfileres
El ejemplo es célebre. Un trabajador solo, no adiestrado, difícilmente fabricaría un alfiler al día; pero en una pequeña manufactura donde la producción se descompone en unas dieciocho operaciones —estirar el alambre, enderezarlo, cortarlo, afilar la punta, aplastar la cabeza…—, diez personas producen más de 48.000 alfileres diarios (WN I.i.3). La productividad se multiplica por miles por tres razones: la destreza ganada con la especialización, el tiempo ahorrado al no cambiar de tarea y de herramienta, y la invención de máquinas que la especialización misma sugiere.
Nótese la continuidad y la ruptura con Platón (Rep. 369b-370c, cf. ECO-01-A, §2): para Platón la división del trabajo fundaba la ciudad y respondía a las diferencias naturales entre los hombres; para Smith es el motor del crecimiento, y las diferencias de talento son más bien efecto que causa de la especialización (WN I.ii.4). La distancia entre un filósofo y un mozo de cuerda —observa con audacia igualitaria— se debe más al hábito, la costumbre y la educación que a la naturaleza.
2. La extensión del mercado
La división del trabajo tiene, sin embargo, un freno preciso: está limitada por la extensión del mercado (WN I.iii.1). En las tierras altas de Escocia, dispersas y solitarias, cada campesino debe ser carnicero, panadero y cervecero de su propia familia; solo en las grandes concentraciones urbanas y comerciales puede existir el fabricante especializado de alfileres… o el portero. De aquí la importancia decisiva del transporte y de la navegación: el agua abarata el mercado, y con él la especialización y la riqueza.
Esta «teorema de Smith» —división del trabajo limitada por la extensión del mercado— es quizá la proposición más fecunda del libro: contiene en germen la teoría del comercio internacional, la explicación de la industrialización y, todavía hoy, el argumento central a favor de los mercados amplios e integrados.
3. El origen: la propensión al intercambio
¿De dónde nace la división del trabajo? No de la sabiduría humana, responde Smith, sino de «una cierta propensión de la naturaleza humana […]: la propensión a permutar, trocar e intercambiar una cosa por otra» (WN I.ii.1). Nadie ha visto a dos perros intercambiar huesos; el animal que quiere algo de otro solo puede adular. El hombre, en cambio, puede apelar al interés del otro: es el pasaje del carnicero. El intercambio voluntario es, así, la forma humana por excelencia de la cooperación: gana-gana por construcción, porque ninguna de las partes aceptaría si no mejorara su situación.
3. La mano invisible
La metáfora más famosa de Smith aparece una sola vez en toda la Riqueza de las Naciones (y otra en la Teoría de los Sentimientos Morales). El contexto exacto importa. En el Libro IV, capítulo ii, Smith discute si el Estado debe dirigir la inversión hacia las industrias «más útiles». Su respuesta: cada individuo, buscando emplear su capital de la manera más ventajosa, prefiere naturalmente la industria doméstica a la extranjera (por seguridad y cercanía), y dentro de ella la más productiva:
«Así, al dirigir esa industria de modo que su producto tenga el mayor valor posible, no pretende más que su propia ganancia, y en esto, como en otros muchos casos, es conducido por una mano invisible (invisible hand) a promover un fin que no formaba parte de su intención. […] Al perseguir su propio interés promueve frecuentemente el de la sociedad más eficazmente que cuando realmente pretende promoverlo.» (WN IV.ii.9)
Tres precisiones contra los usos posteriores. Primera: la mano invisible no es una ley universal de que todo interés egoísta beneficia a la sociedad —Smith enumera docenas de casos en que no es así, empezando por los mercaderes que conspiran contra el público—; es la descripción de un mecanismo que funciona bajo condiciones institucionales: competencia, justicia, libertad de entrada. Segunda: el pasaje defiende la preferencia espontánea por la inversión local frente al dirigismo, no el laissez-faire absoluto. Tercera: el mecanismo descrito no es magia sino precios: en un mercado competitivo, el beneficio señala dónde escasean los bienes y el esfuerzo, y la búsqueda de beneficio reasigna recursos hacia allí. Lo que el burócrata no puede saber —dónde es más útil cada capital—, el sistema de precios lo computa a diario, descentralizadamente. Es la primera formulación del problema del conocimiento económico que los austríacos harán central (ECO-07-A).
4. El enigma del valor: el agua y los diamantes
¿Qué determina el precio de las cosas? Smith formula el problema con una paradoja que hereda toda la tradición desde Aristóteles (EN V, 5):
«Nada hay más útil que el agua; pero difícilmente se puede comprar algo con ella […]. Un diamante, por el contrario, apenas tiene valor de uso alguno; pero a menudo se puede intercambiar por una gran cantidad de otros bienes.» (WN I.iv.13)
Su respuesta distingue valor de uso y valor de cambio, y concentra la explicación de este último en el trabajo: en el «estado primitivo» anterior a la acumulación de capital y la propiedad de la tierra, «la proporción entre las cantidades de trabajo necesarias para adquirir los diferentes objetos parece ser la única circunstancia que puede servir de regla para intercambiarlos» (WN I.vi.4): si matar un castor cuesta el doble de trabajo que matar un ciervo, un castor valdrá dos ciervos. Es la formulación clásica de la teoría del valor-trabajo.
Pero Smith es consciente de que, en la economía avanzada, el precio se resuelve en tres componentes —salario, beneficio y renta— que corresponden a las tres grandes clases de la sociedad comercial: trabajadores, capitalistas y terratenientes (WN I.vi). Aquí su teoría se vuelve inestable: ¿el trabajo mide el valor o lo produce? ¿El beneficio es una deducción del producto del trabajo o un rendimiento independiente del capital? En esa ambigüedad trabajará Ricardo para endurecer la teoría del valor-trabajo, y Marx encontrará el punto de apoyo de su teoría de la plusvalía (ECO-04-A). Y la paradoja misma del agua y los diamantes solo recibirá solución satisfactoria un siglo después, cuando los marginalistas desplacen el foco del coste de producción a la utilidad en el margen (ECO-05-A).
5. La crítica del sistema mercantil
El Libro IV —casi un tercio de la obra— es un alegato demoledor contra el mercantilismo (ECO-02-A), al que Smith llama, con deliberada rebaja, «el sistema mercantil o comercial». Sus cargos:
1. La confusión de la riqueza con el oro. La riqueza consiste en bienes consumibles y capacidad productiva, no en metal; el dinero es «la gran rueda de la circulación», un instrumento, no el fin (WN IV.i).
2. La futilidad de la balanza comercial. Perseguir superávits con aranceles y monopolios perjudica a los consumidores nacionales, desvía el capital hacia usos artificiales y provoca represalias (WN IV.ii-iii).
3. La captura del Estado. El sistema no sirve a la nación sino a «los comerciantes y fabricantes», que son sus verdaderos arquitectos: «el monopolio de uno u otro tipo parece ser el único motor de todo el sistema mercantil» (WN IV.vii.c). La observación política es permanente: «la propuesta de cualquier ley o regulación nueva del comercio que proceda de este orden de hombres debe escucharse siempre con la mayor precaución […], pues procede de un orden cuyo interés nunca es exactamente el mismo que el del público» (WN I.xi.p.10).
4. El contramodelo. Frente al sistema de preferencias, el «sistema obvio y sencillo de la libertad natural» (obvious and simple system of natural liberty): todo hombre libre de perseguir su interés a su manera, mientras no viole las leyes de la justicia (WN IV.ix.51).
6. Los tres deberes del Estado
Sería un error concluir que Smith deja al Estado sin funciones. En el mismo pasaje asigna al soberano tres deberes (WN IV.ix.51, desarrollados en el Libro V):
1. La defensa de la sociedad frente a la violencia e invasión de otras sociedades (WN V.i.a).
2. La justicia: proteger a cada miembro de la sociedad de la injusticia y la opresión de los demás, con una administración judicial exacta (WN V.i.b).
3. Las obras e instituciones públicas que no puede interesar a ningún particular erigir y mantener, porque el beneficio no cubriría el gasto: caminos, puentes, canales, puertos (WN V.i.c) —y, notablemente, la instrucción pública del pueblo, a la que Smith dedica páginas apasionadas: la división del trabajo embrutece al obrero atrapado en operaciones repetitivas, y solo la educación general puede remediarlo (WN V.i.f).
A esto se añaden las célebres cuatro máximas fiscales (WN V.ii.b.3-6): los impuestos deben ser equitativos (proporcionados a la capacidad), ciertos (no arbitrarios), convenientes (cobrables en el momento y modo más cómodo para el contribuyente) y económicos (que no cuesten de recaudar mucho más de lo que ingresan). Siguen figurando, con otros nombres, en todo manual de hacienda pública.
Ecos y Semillas para el Futuro
1. La teoría del valor queda abierta. La indecisión smithiana entre trabajo-medida y trabajo-fuente será el campo de batalla del siglo XIX: Ricardo la endurece, Marx la convierte en teoría de la explotación (ECO-04-A), hasta que la revolución marginalista de 1871-1874 cambia por completo la pregunta (ECO-05-A).
2. El orden espontáneo. La mano invisible es el primer esbozo de la idea de que los órdenes sociales complejos pueden ser «resultado de la acción humana, pero no del designio humano» (Ferguson): la línea que conduce a Hayek y a la Escuela Austríaca (ECO-07-A).
3. La crítica institucional. La advertencia de Smith sobre la captura del regulador por los regulados anticipa la economía pública del siglo XX (public choice) y sigue siendo la herramienta básica para leer cualquier debate sobre aranceles, subsidios o licencias.
4. El Smith completo. La relectura conjunta de la Teoría de los Sentimientos Morales y la Riqueza de las Naciones —simpatía, espectador imparcial, justicia e interés propio disciplinado— es hoy uno de los frentes más vivos de la historia del pensamiento, y conecta sorprendentemente con la economía conductual (ECO-08-A): el agente real de Smith nunca fue el homo economicus de manual.
Referencias Bibliográficas
Smith, A. (1994). Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones* (C. Rodríguez Braun, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1776)
Smith, A. (1997). Teoría de los sentimientos morales* (C. Rodríguez Braun, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1759)
Ricardo, D. (1985). Principios de economía política y tributación* (J. A. Gimeno, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1817)
Schumpeter, J. A. (1994). Historia del análisis económico* (M. Saborido, Trad.). Ariel. (Obra original publicada en 1954)
Heilbroner, R. L. (1987). Los grandes economistas* (M. Márquez, Trad.). Argos Vergara. (Obra original publicada en 1953)
Rothschild, E. (2001). Economic Sentiments: Adam Smith, Condorcet, and the Enlightenment*. Harvard University Press.
Bibliografía y fuentes
- Smith, A. (1994). Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (C. Rodríguez Braun, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1776)
- Smith, A. (1997). Teoría de los sentimientos morales (C. Rodríguez Braun, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1759)
- Ricardo, D. (1985). Principios de economía política y tributación (J. A. Gimeno, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1817)
- Schumpeter, J. A. (1994). Historia del análisis económico (M. Saborido, Trad.). Ariel. (Obra original publicada en 1954)
- Heilbroner, R. L. (1987). Los grandes economistas (M. Márquez, Trad.). Argos Vergara. (Obra original publicada en 1953)
¿Necesitas aplicar esto a tu negocio?
Diseño soluciones de análisis financiero, operaciones y cumplimiento normativo para MiPyMEs, con enfoque en el principio de Negocio en Marcha y herramientas de inteligencia artificial.
Agenda una consultoría