ECO-04-A: Karl Marx y El Capital
«La riqueza de las sociedades en las que impera el modo de producción capitalista se presenta como una “enorme acumulación de mercancías”, y la mercancía individual como su forma elemental. Por eso nuestra investigación comienza con el análisis de la mercancía.»
— Karl Marx, El Capital, Libro I, cap. 1 (trad. P. Scaron, Siglo XXI, 2010)
Génesis y Conexión Histórica
Karl Marx (1818-1883) llega a la economía desde la filosofía, y a la economía inglesa desde la revolución francesa y el socialismo alemán. Formado en la izquierda hegeliana —la escuela que, tras la muerte de Hegel, convirtió la dialéctica en arma de crítica de la religión y del Estado prusiano—, su trayectoria lo lleva del periodismo disidente en Renania al exilio de París y Bruselas, y finalmente, en 1849, a Londres: la capital del capitalismo industrial, donde pasará treinta y cuatro años entre la sala de lectura del British Museum y la miseria del Soho.
El Capital (primer tomo, 1867; los tomos II y III los publicará Engels póstumamente, en 1885 y 1894, a partir de los manuscritos) se subtitula con precisión: Crítica de la economía política. No pretende añadir una economía más, sino criticar la existente —la de Smith (ECO-03-A) y sobre todo la de Ricardo— mostrando que sus categorías (valor, dinero, salario, beneficio) describen correctamente los hechos pero los presentan de un modo que oculta su naturaleza histórica y social. Marx toma la teoría del valor-trabajo en su forma más rigurosa, la ricardiana, y demuestra que, llevada con coherencia hasta el final, conduce a una conclusión que los clásicos no quisieron ver: el beneficio capitalista es trabajo no pagado.
Esta lección analiza ese argumento en sus piezas esenciales: la mercancía y el doble carácter del trabajo, la fuerza de trabajo como mercancía, la plusvalía absoluta y relativa, el fetichismo y la acumulación. El propósito no es filiar ni refutar —es entender uno de los análisis más influyentes jamás escritos, del que ningún debate posterior sobre capitalismo, trabajo o desigualdad ha podido prescindir.
1. La mercancía y el doble carácter del trabajo
El Capital se abre, deliberadamente, donde terminaba Smith: con la mercancía. Toda mercancía presenta un doble aspecto (Libro I, cap. 1):
– Valor de uso (Gebrauchswert): satisface una necesidad; es la cualidad que hace al trigo alimento y al abrigo, abrigo. Es el soporte material de todo intercambio.
– Valor (Wert), que se manifiesta como valor de cambio: la proporción en que una mercancía se intercambia por otras. Detrás de la proporción —tantas fanegas de trigo por tantas varas de lienzo— debe haber algo común que las hace comparables.
¿Qué es ese algo común? No puede ser una propiedad física —trigo y lienzo no comparten ninguna—; solo queda que ambos son productos del trabajo humano. Pero no de los trabajos concretos, distintos entre sí (agricultor, tejedor), sino del trabajo abstracto: gasto de fuerza humana de trabajo en general, sin más cualidad. La magnitud del valor se mide por la cantidad de trabajo socialmente necesario para producir la mercancía en condiciones normales y con destreza media.
La tesis decisiva de Marx —que él mismo reivindicaba como «lo mejor de mi libro»— es que el trabajo tiene el mismo doble carácter que la mercancía: trabajo concreto (útil, cualitativo, productor de valores de uso) y trabajo abstracto (cuantitativo, sustancia del valor). Esta distinción es la llave de todo lo que sigue, porque permitirá explicar cómo un mismo proceso de producción transfiere valores antiguos (medios de producción) y crea valor nuevo al mismo tiempo.
Conviene registrar aquí la deuda y la diferencia con los clásicos. Smith ya había hecho del trabajo la medida del valor en el «estado primitivo» (WN I.vi, cf. ECO-03-A §4); Ricardo la había generalizado. Marx radicaliza: el valor no es una relación natural entre cosas y esfuerzo, sino una relación social específica de la sociedad mercantil —los productores privados e independientes solo se relacionan entre sí a través del intercambio de sus productos, y es esa relación la que impone la forma valor. Lo cual conduce directamente al fetichismo.
2. El fetichismo de la mercancía
Al final del capítulo 1 (sección 4) aparece uno de los análisis más originales de Marx. ¿Por qué las relaciones sociales entre los productores —el tejedor depende del agricultor, que depende del herrero— aparecen ante nosotros como relaciones entre cosas, como si el valor fuera una propiedad natural del lienzo como su peso o su color?
«[En el mundo de las mercancías] las relaciones sociales entre los trabajos privados […] no se les presentan a los hombres como relaciones directamente sociales entre las personas en sus trabajos mismos, sino como lo que son en verdad: relaciones materiales entre personas y relaciones sociales entre cosas.» (El Capital I, cap. 1, sec. 4)
A esta inversión —por la cual atribuimos a las cosas poderes que provienen de nuestras propias relaciones sociales— Marx la llama fetichismo de la mercancía, por analogía con la religión, donde «los productos del cerebro humano se aparecen como figuras autónomas dotadas de vida propia». El fetichismo no es una ilusión subjetiva que se disipe con buena voluntad: es la forma objetiva en que se presenta la realidad en la sociedad mercantil. Y es también el primer ariete contra la «economía vulgar»: si el valor, el dinero, el salario y el beneficio parecen propiedades naturales de las cosas, el orden capitalista parece natural y eterno, cuando es histórico y superable.
3. De la circulación simple al capital: la fórmula general
¿Cómo se transforma el dinero en capital? Marx contrapone dos circuitos (cap. 4):
– M-D-M (mercancía–dinero–mercancía): vender para comprar. El campesino vende trigo para comprar ropa: el dinero es puro intermediario, el circuito tiene un fin cualitativo (un valor de uso) y se cierra en él.
– D-M-D’ (dinero–mercancía–dinero incrementado): comprar para vender más caro. Aquí el punto de partida y el de llegada son cualitativamente idénticos —dinero—, de modo que el circuito solo tiene sentido si el dinero final supera al inicial: D’ = D + ΔD. Ese incremento (ΔD) es la plusvalía (Mehrwert), y el dinero que se arroja a este ciclo autoexpansivo es capital: «valor que se valoriza».
La fórmula condensa el problema teórico central: ¿de dónde sale ΔD? No puede salir del intercambio mismo: en el mercado se intercambian equivalentes (si se intercambiaran no-equivalentes, lo que unos ganan otros lo pierden; la suma no crece). Y sin embargo el capital existe. La solución exige encontrar en el mercado una mercancía cuyo consumo —cuyo valor de uso— sea a la vez fuente de valor nuevo. Esa mercancía existe y tiene nombre: la fuerza de trabajo.
4. La fuerza de trabajo: la mercancía singular
El trabajador del modo de producción capitalista es «libre» en un doble sentido (cap. 6): libre de vínculos personales (no es esclavo ni siervo: puede vender su capacidad de trabajar a quien quiera) y «libre» de medios de producción (no posee tierra ni herramientas: debe venderla). Esta doble libertad es la condición histórica del capital, y su génesis violenta se narrará en el capítulo sobre la acumulación originaria.
Como toda mercancía, la fuerza de trabajo tiene un valor, determinado por el trabajo socialmente necesario para reproducirla: el valor de los medios de subsistencia del trabajador y su familia, con un componente histórico-moral variable según épocas y países. Pero su valor de uso es único: al consumirla —hacerla trabajar— se crea valor.
Aquí se resuelve el enigma de D-M-D’. Supongamos que el valor diario de la fuerza de trabajo son 3 libras (6 horas de trabajo) y que en la jornada el obrero produce valor durante 12 horas (6 libras). El capitalista paga el valor íntegro de la mercancía —3 libras, el intercambio es de equivalentes, no hay engaño— y recibe a cambio 6 libras de valor producido. Los 3 de diferencia son la plusvalía:
«El truco ha funcionado por fin. […] Las condiciones del problema se han respetado: el intercambio de mercancías se ha realizado a su valor.» (El Capital I, cap. 5)
El beneficio capitalista no nace, pues, de comprar barato y vender caro, sino de la diferencia entre el valor de la fuerza de trabajo y el valor que ésta crea. El intercambio libre e igualitario del mercado y la explotación en la producción no se contradicen: se implican.
5. Las dos estrategias: plusvalía absoluta y relativa
¿Cómo aumentar la cuota de plusvalía? Marx distingue dos vías que corresponden, en bruto, a dos épocas del capitalismo.
1. Plusvalía absoluta: la lucha por la jornada laboral (cap. 10)
Alargar el día de trabajo por encima del punto en que el obrero ya ha repuesto el valor de su salario. El capítulo 10 —«La jornada laboral», uno de los grandes textos de denuncia social del siglo XIX, alimentado por los informes azules de los inspectores de fábrica británicos— documenta la tendencia del capital a estirar la jornada hasta el límite fisiológico y más allá (los catorce, dieciséis horas de la primera industrialización, el trabajo infantil), y la contratendencia obrera que culmina en la jornada legal de diez horas (1847). La jornada laboral no es un dato técnico: es el resultado histórico de una lucha de clases.
2. Plusvalía relativa: la revolución de la productividad (cap. 12)
La vía propia del capitalismo maduro: no alargar la jornada, sino abaratar la fuerza de trabajo. Si la productividad en las industrias que producen bienes de subsistencia aumenta, el obrero repone su salario en 4 horas en lugar de 6, y el trabajo excedente crece sin tocar el reloj. De aquí la compulsión permanente del capital a innovar —máquinas, organización, cooperación, manufactura, gran industria (caps. 13-15)—, esa energía revolucionaria que el Manifiesto (1848) había celebrado con admiración literal: la burguesía «ha sido la primera en mostrar lo que la actividad humana es capaz de producir».
La maquinaria, sin embargo, tiene en el sistema un empleo paradójico: introducida para ahorrar trabajo, se convierte en medio de intensificarlo y de someterlo; el obrero, de sujeto de la herramienta, pasa a ser «apéndice de la máquina» (cap. 15). La descripción marxiana del taller fabril —el trabajador incorporado a un mecanismo cuyo ritmo no controla— es la matriz de toda la sociología posterior del trabajo, de Ford a la plataforma digital.
6. La acumulación: origen y ley
El Capital se cierra con dos movimientos.
La llamada acumulación primitiva u originaria (cap. 24): ¿de dónde salieron el primer capitalista y el primer obrero «libre»? No del ahorro diligente de los industriales, como en la idílica leyenda clásica, sino de la expropiación: los cercamientos (enclosures) que expulsaron al campesinado inglés de la tierra comunal, la colonización, la trata de esclavos, la deuda pública y el sistema fiscal: «la conquista, el sometimiento, el robo y el asesinato, en suma, la violencia». El capital nace, escribe Marx en la frase más citada del capítulo, «chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies».
La ley general de la acumulación capitalista (cap. 25): con el progreso de la acumulación, la composición del capital cambia —crece la parte invertida en máquinas y materias (capital constante) respecto a la invertida en salarios (capital variable)—; la demanda de trabajo crece más despacio que el capital, y el sistema produce su propio excedente de trabajadores: el ejército industrial de reserva, cuya existencia disciplina los salarios. La acumulación de riqueza en un polo es, al mismo tiempo, «acumulación de miseria, tormentos de trabajo, esclavitud, ignorancia, embrutecimiento y degradación moral en el polo opuesto». La tendencia a la concentración y centralización del capital, y a la agudización de las contradicciones del sistema, prepara —en la célebre hipótesis final del capítulo 24— su propia negación.
7. Valoración crítica
Ninguna obra de la historia económica ha sido a la vez tan influyente y tan discutida. En el debe analítico figuran, sobre todo, dos problemas: la transformación de valores en precios de producción (el tomo III no logra demostrar con rigor la coherencia cuantitativa entre el sistema de valores del tomo I y los precios con beneficio uniforme, objeción que Böhm-Bawerk formuló ya en 1896 y que la economía matemática del siglo XX —Bortkiewicz, Sraffa— ha reelaborado sin clausurar), y la dependencia del edificio respecto a la teoría del valor-trabajo, abandonada por la corriente principal tras la revolución marginalista (ECO-05-A). En el haber: la primera teoría sistemática de las crisis como fenómeno endógeno (no accidentes exteriores sino producto de la propia dinámica acumulativa), el análisis de la innovación compulsiva, la concentración del capital, la reserva de mano de obra y la dimensión irreductiblemente histórica e institucional de las categorías económicas. Keynes escribirá desde coordenadas opuestas, pero el problema de la demanda efectiva (ECO-06-A) sería incomprensible sin el siglo de debates que El Capital puso en marcha.
Ecos y Semillas para el Futuro
1. La teoría del valor en crisis. La objeción marginalista al valor-trabajo (ECO-05-A) desplazará el eje del análisis del coste a la utilidad; el debate marxismo–marginalismo es el gran duelo teórico de 1870-1930.
2. El cálculo económico. Del proyecto de una economía post-mercantil nacerá, por reacción, uno de los grandes problemas del siglo XX: ¿puede funcionar una economía sin precios de mercado? El debate del cálculo socialista (Mises, Hayek contra Lange) estructura buena parte de ECO-07-A.
3. Las crisis y el Estado. La lectura de las crisis como endógenas alimentará, por vías diversas, tanto a los teóricos del ciclo austríacos como a Keynes (ECO-06-A), cuya demanda efectiva responde a la misma pregunta que Marx se hacía: ¿por qué un mercado libre puede producir paro masivo?
4. El fetichismo y la crítica cultural. La idea de que el mercado presenta relaciones sociales como propiedades de las cosas sigue operando en la teoría crítica, la sociología del consumo y el análisis de la economía digital.
Referencias Bibliográficas
Marx, K. (2010). El Capital. Crítica de la economía política. Libro I* (P. Scaron, Trad.). Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1867)
Marx, K., & Engels, F. (2010). Manifiesto del Partido Comunista. En C. Aulet (Ed.), Karl Marx: escritos políticos y filosóficos*. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1848)
Ricardo, D. (1985). Principios de economía política y tributación* (J. A. Gimeno, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1817)
Smith, A. (1994). Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones* (C. Rodríguez Braun, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1776)
Böhm-Bawerk, E. von (1998). Capital e interés* (E. L. Corral, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1884-1889)
Schumpeter, J. A. (1994). Historia del análisis económico* (M. Saborido, Trad.). Ariel. (Obra original publicada en 1954)
Heilbroner, R. L. (1987). Los grandes economistas* (M. Márquez, Trad.). Argos Vergara. (Obra original publicada en 1953)
Bibliografía y fuentes
- Marx, K. (2010). El Capital. Crítica de la economía política. Libro I (P. Scaron, Trad.). Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1867)
- Marx, K., & Engels, F. (2010). Manifiesto del Partido Comunista. En C. Aulet (Ed.), Karl Marx: escritos políticos y filosóficos. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1848)
- Ricardo, D. (1985). Principios de economía política y tributación (J. A. Gimeno, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1817)
- Smith, A. (1994). Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (C. Rodríguez Braun, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1776)
- Schumpeter, J. A. (1994). Historia del análisis económico (M. Saborido, Trad.). Ariel. (Obra original publicada en 1954)
- Heilbroner, R. L. (1987). Los grandes economistas (M. Márquez, Trad.). Argos Vergara. (Obra original publicada en 1953)
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