«Yo, Sócrates, sin ninguna duda, afirmo que la valentía es una cierta firmeza del alma.» — Platón, Laques, 192b (trad. C. García Gual, Gredos — Diálogos I)
El Laques es uno de los diálogos platónicos de primera época que más nos interpelan en su densidad dramática: un texto breve, compacto, escrito en forma de refutación sucesiva, que parece no llegar a ningún puerto y que, sin embargo, siembra las semillas de toda la epistemología moral posterior. Aquí no se celebra el valor como hazaña épica; se lo interroga con el rigor de quien sabe que la ignorancia de una virtud hace imposible su ejercicio real. Y lo que emerge de esa interrogación es inquietante: nadie —ni el general curtido en batallas, ni el político con vocación filosófica— sabe decir qué es la valentía.
Génesis y Conexión Histórica
El diálogo se sitúa dramáticamente en la Atenas de mediados del siglo V a.C., en el período turbulento de la Guerra del Peloponeso. Dos ciudadanos ilustres pero ya entrados en años —Lisímaco, hijo del célebre Arístides el Justo, y Melesias, hijo del estadista Tucídides (no el historiador homónimo, sino el rival político de Pericles)— se encuentran en una encrucijada educativa. Ambos son hijos de padres eminentes cuya gloria los supera, y ambos temen haber fallado a sus propios hijos por haberlos descuidado pedagógicamente. Quieren que sus vástagos reciban una formación militar y moral a la altura de la herencia familiar. Con ese propósito consultan a dos de los generales más reconocidos de la época: Laques y Nicias.
La ocasión inmediata es una demostración pública de combate con armadura (hoplomachía), técnica cuya utilidad para la formación del hombre de bien es inmediatamente puesta en cuestión. Y aquí irrumpe Sócrates, quien desvía la conversación de lo técnico-militar hacia lo filosófico-moral: antes de saber qué método usar para hacer valientes a los jóvenes, es preciso saber qué es la valentía.
El dato histórico que da al diálogo una gravedad casi trágica es este: Laques murió en la batalla de Mantinea (418 a.C.), combatiendo con la valentía espartana que tanto admiraba. Un hombre que debatió filosóficamente sobre el valor y después lo encarnó con su propia muerte en el campo de batalla. Esta ironía trágica —tan cara a Platón— convierte el texto en algo más que un ejercicio intelectual: es casi un epitafio filosófico. La pregunta de qué es el valor resuena de manera distinta cuando sabemos que uno de sus interlocutores pagó la respuesta con su vida.
Dentro del itinerario de Nihil Novi, el Laques es la continuación natural del Cármides (FIL-03-04). Si en el Cármides interrogábamos la sōphrosýnē (σωφροσύνη) —la mesura o templanza— aquí interrogamos la andreía (ἀνδρεία), la valentía. Ambas son virtudes cardinales del alma; ambas resisten la definición socrática; ambas revelan que la virtud, lejos de ser un saber evidente, exige una investigación que la mayoría cree innecesaria.
El Valor en la Cultura Griega: Entre Andreía y Areté
Para comprender la potencia disruptiva de la pregunta socrática, es necesario ubicarse en el horizonte cultural griego. La palabra valentía se dice en griego andreía (ἀνδρεία), y su etimología ya es un programa: deriva de anér (ἀνήρ), el hombre adulto, el varón en plenitud. La valentía es, en su raíz, la virtud viril por excelencia. Ser valiente (andreîos / ἀνδρεῖος) es ser, en el sentido más pleno, un hombre.
En la tradición homérica —que era el texto formativo de todo ciudadano griego— el valor se medía en términos de fuerza física, resistencia en la batalla y, sobre todo, búsqueda de la gloria (kléos / κλέος). El valiente homérico es el que avanza, el que no cede, el que muere en primera fila antes que retroceder. Aquiles es el paradigma: prefiere una vida breve y gloriosa a una larga y oscura. El valor es un atributo corporal y social, visible en el campo de batalla, reconocido por la comunidad.
Sócrates subvierte este esquema desde el primer intercambio. Si la valentía fuera simplemente resistir en combate, entonces dependería del contexto físico, de la posición en la línea de batalla, de circunstancias contingentes. Pero la valentía debe ser algo que pertenece al alma (psychē / ψυχή), no al cuerpo; algo que puede ejercerse en la enfermedad, en la pobreza, en la tentación moral, en el mar, en la vida política. Sócrates desliza la valentía del registro de la areté homérica —colectiva, física, situacional— al registro de la virtud moral del alma, individual, racional y universal.
Este desplazamiento es la revolución socrática en pocas palabras. Y el Laques es su demostración más nítida.
Segmentación Argumentativa: La Búsqueda del Valor (Andreía / ἀνδρεία)
Paso 1 — El Valor como Resistencia en el Combate (Ménein en tē Táxei / μένειν ἐν τῇ τάξει): La Refutación por las Retiradas Gloriosas (190e–192b)
Quién propone la definición: Laques, el general experimentado, hombre de acción antes que de discurso.
La definición exacta: El valiente es aquel que permanece en su puesto de combate, resiste al enemigo y no huye. En sus propias palabras: «Aquel que esté dispuesto a permanecer en su puesto, a repeler a los enemigos y no huir» (190e). La definición es intuitiva, vivida, militar. Para Laques, la valentía es ménein en tē táxei (μένειν ἐν τῇ τάξει): permanecer en la formación.
La objeción socrática y su estructura lógica: Sócrates acepta el ejemplo como un caso de valentía, pero señala que no es una definición de valentía. La distinción es capital para el método platónico: un ejemplo ilustra, pero no define la esencia. La objeción opera en dos niveles:
- Nivel empírico: Los escitas (Skythai / Σκύθαι) son reconocidos como guerreros extraordinariamente valerosos, y sin embargo combaten retrocediendo y atacando desde la distancia. El caso más elocuente es el de los espartanos en la batalla de Platea (479 a.C.): ejecutaron una retirada táctica que sus enemigos interpretaron como huida, para luego girar y destrozar a los persas. Fueron los más valientes de toda la batalla. Pero según la definición de Laques, al retirarse, no serían valientes. Absurdo.
- Nivel conceptual: Incluso si corregimos la definición para incluir solo batallas en tierra, Sócrates amplía el espacio de aplicación: hay valentía frente a la enfermedad, frente a la pobreza, frente al dolor, frente a la tentación del placer, frente al peligro en el mar. Una definición que solo captura el combate terrestre describe una especie de valentía, no la valentía misma.
Por qué fracasa: La definición de Laques es un particular disfrazado de universal. Nombra una manifestación situada de la valentía, no su naturaleza intemporal. Sócrates necesita algo que valga para todos los valientes en todos los contextos: la forma (eîdos / εἶδος) de la valentía.
Paso 2 — El Valor como Firmeza del Alma (Kartería Tēs Psychēs / καρτερία τῆς ψυχῆς): El Problema de la Constancia Insensata (192b–193d)
Quién propone la definición: Laques, corrigiendo y ampliando su primera definición bajo la presión socrática.
La definición exacta: La valentía es la firmeza del alma (kartería tēs psychēs / καρτερία τῆς ψυχῆς). Así lo declara con convicción: «Yo, Sócrates, sin ninguna duda, afirmo que la valentía es una cierta firmeza del alma» (192b). Ahora la definición es más abstracta y abarca todos los contextos: no solo el combate, sino cualquier situación que demande persistencia y resistencia interior.
La objeción socrática y su estructura lógica: Sócrates introduce una distinción que la definición no puede absorber. Hay dos tipos de firmeza:
- La firmeza prudente (phrónimos / φρόνιμος): la constancia que va acompañada de inteligencia, que sabe cuándo ceder y cuándo resistir, que calcula correctamente el riesgo.
- La firmeza insensata (áphron / ἄφρων, derivada de aphrosýnē / ἀφροσύνη): la constancia ciega, temeraria, que persiste por ignorancia o por incapacidad de evaluar el peligro.
Sócrates argumenta que la constancia temeraria e insensata es fea (aischrótes / αἰσχρότης) y dañina, no noble (kalón / καλόν). Pero la valentía —todos estarán de acuerdo— debe ser siempre noble y buena. Por lo tanto, la valentía no puede ser simplemente cualquier firmeza del alma: debe ser la firmeza con alguna cualidad adicional que la haga noble. Esa cualidad, naturalmente, apunta a la prudencia.
Por qué fracasa: La definición es demasiado amplia: incluye casos de obstinación temeraria que nadie llamaría valentía. Una firmeza que puede ser fea y dañina no puede identificarse con una virtud que por definición es noble y buena. La definición necesita ser restringida, lo que nos lleva al tercer paso.
Paso 3 — El Valor como Constancia Inteligente (Phrónimos Kartería): La Paradoja de la Inversión del Riesgo (193d–194c)
Quién propone la definición: El propio Sócrates, en un giro metodológico típico: formula la definición que parecería seguirse de la refutación anterior, para luego refutarla también.
La definición exacta: Si la valentía no puede ser firmeza insensata, debe ser firmeza inteligente o constancia prudente (phrónimos kartería): resistir con conocimiento de la situación, con cálculo correcto del riesgo.
La objeción socrática y su estructura lógica: Aquí emerge la paradoja más ingeniosa del diálogo. Sócrates propone el ejemplo del minero (194a): compara dos individuos que descienden a un pozo profundo y peligroso:
- El experto conoce exactamente los riesgos, las salidas, los procedimientos de emergencia. Su peligro subjetivo es menor porque su conocimiento le da control sobre la situación.
- El ignorante desciende al mismo pozo sin saber los riesgos. Su peligro objetivo es igual o mayor, y su firmeza al afrontarlo no está atenuada por ningún conocimiento que reduzca el temor.
La pregunta que Sócrates lanza es devastadora: si la constancia inteligente es el valor, ¿no resulta que el ignorante que resiste sin saber el peligro es más valiente que el experto que resiste sabiendo lo que enfrenta? Porque el experto, al conocer, reduce su riesgo subjetivo; el ignorante, al no conocer, enfrenta el peligro en toda su magnitud con igual firmeza. Cuanto más sabio es alguien, menos peligrosa le parece la situación y, por tanto, menos acto de valor realiza al afrontarla.
Esta paradoja de inversión del riesgo produce una consecuencia inaceptable: el conocimiento y la valentía estarían en relación inversa. El sabio sería, por definición, menos valiente que el ignorante. Pero eso contradice la intuición socrática fundamental de que la virtud requiere conocimiento. La definición colapsa por su propia lógica interna.
Por qué fracasa: La firmeza inteligente hace al valor dependiente, en última instancia, de la ignorancia del agente, lo cual es una reductio ad absurdum. Cualquier definición del valor que penalice el conocimiento es filosóficamente inadmisible para Sócrates.
Paso 4 — El Valor como Ciencia de lo Temible (Tōn Deinōn kai Tharralēōn Epistēmē / τῶν δεινῶν καὶ θαρραλέων ἐπιστήμη): El Colapso en la Virtud Total (194c–199e)
Quién propone la definición: Nicias, el otro general presente, hombre más cercano a la cultura socrática, quien ha frecuentado los discursos de Sócrates y de Damón.
La definición exacta: El valor es el conocimiento de lo verdaderamente temible y de lo que infunde confianza, aplicable a la guerra y a cualquier otra esfera de la vida. Nicias lo afirma con precisión: «Yo afirmo que el valor es la ciencia de lo temible y de lo que infunde confianza tanto en la guerra como en todo lo demás» (194e). La definición es intelectualista en grado máximo: el valiente no es el que siente menos miedo ni el que persiste más ciegamente, sino el que sabe con exactitud qué merece ser temido (deinón / δεινόν) y qué merece confianza (tharraleon / θαρραλέον).
La objeción socrática y su estructura triple:
- Primera objeción — el dominio temporal: Una epistēmē (ἐπιστήμη) genuina abarca su objeto en el tiempo completo: presente, pasado y futuro. El médico que conoce la enfermedad sabe lo que fue, es y será peligroso para el organismo. Si el valor fuera una ciencia de lo temible, no podría limitarse al peligro presente o futuro: debería abarcar toda la historia del peligro. Pero entonces el valor se convierte en una ciencia vastísima, incompatible con su pretensión de ser una virtud específica.
- Segunda objeción — el dominio material: Toda ciencia abarca la totalidad de su objeto. La ciencia de lo temible y lo confiante es, en definitiva, la ciencia del bien y del mal: porque lo verdaderamente temible es el mal real (no el aparente) y lo que infunde confianza legítima es el bien real. Pero la ciencia del bien y el mal no es una virtud particular: es la virtud entera, la que engloba justicia, templanza y valentía.
- Tercera objeción — el colapso en la unidad: Si el valor es la ciencia del bien y el mal, entonces el valor es idéntico a la aretē (ἀρετή) completa. Pero Nicias —y el sentido común— sostiene que el valor es una parte de la virtud, junto con la justicia, la templanza y la piedad. Una parte no puede ser igual al todo sin que la definición se autodestruya. «¿Acaso no somos, según tú, también los animales valientes, o tendrás que atreverte a contradecir a todo el mundo y a negar que los leones, los leopardos y los jabalíes son valientes?» (196e) — la ironía socrática golpea: si el valor requiere esa ciencia, los animales no pueden ser valientes, lo que contradice el uso ordinario del lenguaje.
Por qué fracasa: La definición de Nicias es la más sofisticada y la más cercana al espíritu socrático, pero sucumbe a la paradoja de la unidad de la virtud. Si aceptamos que toda virtud genuina requiere el conocimiento del bien y el mal, entonces todas las virtudes se funden en una sola —la phrónēsis (φρόνησις) o sabiduría práctica— y la distinción entre valentía, templanza y justicia se vuelve nominal. Platón no resuelve esta tensión en el Laques; la deja abierta como una herida filosófica que el Menón, la República y otros diálogos intentarán sanar.
Semillas y Ecos para el Futuro
El Laques concluye en aporía (aporía / ἀπορία) —en perplejidad sin salida aparente— y todos los interlocutores confiesan que no saben qué es el valor. Y sin embargo, esta conclusión negativa es filosóficamente fecunda en grado superlativo. Las semillas que el diálogo siembra crecerán en toda la tradición posterior.
La Unidad de la Virtud (aretē): El colapso de la cuarta definición anticipa directamente el problema central del Menón (FIL-03-12): ¿es la virtud una sola cosa o muchas? ¿Se puede enseñar? Si toda virtud requiere el mismo conocimiento del bien y del mal, ¿cómo explicar que haya hombres justos pero cobardes, o valientes pero injustos? Platón desarrollará su respuesta en la teoría de las virtudes como partes funcionales del alma tripartita en la República: la valentía será la virtud propia del elemento anímico irascible (thymós / θυμός), orientado por la razón.
La ironía trágica de Laques: El general que debatió el valor sin poder definirlo murió en la batalla de Mantinea (418 a.C.) combatiendo con la firmeza que no supo articular en el diálogo. Hay en ello una paradoja platónica de primer orden: el que vive el valor con mayor autenticidad es precisamente quien no puede dar cuenta racional de él. Para Sócrates, Laques habría sido aún más valiente —con un valor propio y consciente, no prestado por la costumbre o el temperamento— si hubiera sabido qué era lo que hacía. La ignorancia, aunque no impide el acto heroico, lo priva de su dimensión plena y verdaderamente humana.
El impacto en Aristóteles: La tensión entre kartería (constancia) y epistēmē (ciencia) que el Laques deja irresuelta encontrará una solución parcial en la Ética a Nicómaco. El Estagirita distinguirá entre phrónēsis (φρόνησις) —sabiduría práctica, que orienta la acción en contextos particulares— y sophía (σοφία) —sabiduría teórica, que conoce verdades universales—. El valor aristotélico no es ciencia pura ni constancia ciega, sino el justo medio entre la cobardía (deilia / δειλία) y la temeridad (thrasytēs / θρασύτης), habituado por la práctica y orientado por la phrónēsis. Es una respuesta al colapso socrático, no una simple superación.
Conexión con FIL-03-06 — Lisis: El próximo artículo de nuestra serie nos llevará al Lisis, donde Platón interroga la philia (φιλία), la amistad. Pasamos de la virtud guerrera del valor a la virtud relacional de la amistad: otro concepto que todos creen entender y que, bajo la lupa socrática, se revela profundamente enigmático. El método no cambia; el objeto de interrogación sí. Y esa es, precisamente, la riqueza del programa platónico.
Bibliografía y fuentes
- Platón. (1981). Diálogos I. Editorial Gredos. https://amzn.to/4v4liOB
- Copleston, F. (2011). Historia de la Filosofía (Vol. 1). Ariel. https://amzn.to/4gQHI26
- Guthrie, W.K.C. Historia de la Filosofía Griega Vol. 4. Gredos.