«¿No te parece que el hombre que se conoce a sí mismo sabe lo que tiene y lo que le falta?» — Platón, Cármides, 165b (trad. E. Lledó Íñigo, Gredos)
El diálogo que nos ocupa hoy no es una conversación cualquiera. Es el retrato en miniatura de una tragedia histórica: un grupo de hombres que debaten con elegancia y rigor sobre la virtud de la moderación, ignorando —o acaso sabiendo— que algunos de ellos están destinados a convertirse en los tiranos más sanguinarios que Atenas haya conocido. El Cármides es un ejercicio de búsqueda genuina y de fracaso honesto. Sócrates regresa a Atenas desde el campo de batalla, entra en una palestra, y comienza a preguntar. Lo que parece una conversación sobre la salud del alma se convierte en uno de los primeros grandes análisis de la filosofía moral occidental sobre el autoconocimiento, sus alcances y sus límites.
Génesis y Conexión Histórica
El Cármides nos sitúa en un momento preciso y cargado de significado: el regreso de Sócrates de la batalla de Potidea, en el año 431 a. C., durante los primeros compases de la Guerra del Peloponeso. Sócrates acaba de sobrevivir a uno de los asedios más duros que registran las crónicas militares griegas; vuelve a la ciudad, entra en la palestra de Táureas y se reúne con sus amigos. Casi de inmediato, le presentan a un joven de extraordinaria belleza y linaje: Cármides, primo de Platón por línea materna, quien a su vez está acompañado por su tutor Crítias, también familiar de Platón.
La ironía histórica que preside todo el diálogo es tan densa que resulta casi insoportable para el lector moderno que conoce el desenlace. Cármides acabará siendo uno de los miembros activos del régimen oligárquico de los Treinta Tiranos (404–403 a. C.), el gobierno instalado por Esparta tras la derrota ateniense, responsable de cientos de ejecuciones sumarias, confiscaciones de bienes y la destrucción sistemática de la democracia. Crítias, por su parte, no será un mero seguidor: será el líder ideológico de los Treinta, el más violento y dogmático del grupo, hasta su muerte en combate durante la restauración democrática. Estas son las personas que ahora, en plena juventud, discuten filosóficamente sobre la sōphrosýnē, la moderación, el autodominio, el conocimiento de los propios límites. Platón, que escribirá el diálogo décadas después, no puede ignorar esta contradicción. La incluye sin comentarla, dejando que el silencio haga su trabajo.
Desde la perspectiva de la serie de artículos de Nihil Novi, el Cármides ocupa un lugar lógico después del Eutifrón (FIL-03-03). En aquel diálogo buscábamos sin éxito la definición de la piedad (hosiotēs / ὁσιότης), una virtud de la relación entre el hombre y los dioses. Ahora damos un paso hacia adentro: buscamos la templanza, que es una virtud de la relación del hombre consigo mismo. El movimiento es coherente: primero el deber hacia lo sagrado, ahora el deber hacia el propio interior. En ambos casos, Sócrates juega el papel del partero que ayuda a dar a luz ideas y luego comprueba, con pena genuina, que la criatura no tiene vida.
La Sōphrosýnē en la Cultura Griega
Antes de adentrarnos en la arquitectura argumentativa del diálogo, es necesario detenernos en la palabra que está en el centro de todo: sōphrosýnē (σωφροσύνη). Su traducción habitual al castellano como «templanza» es, cuando menos, incompleta, y en el peor de los casos, engañosa.
En el mundo griego clásico, la sōphrosýnē era una de las cuatro virtudes cardinales que la tradición socrático-platónica acabaría sistematizando: junto con la dikaiosýnē (δικαιοσύνη, justicia), la andreía (ἀνδρεία, valor) y la phrónēsis (φρόνησις, prudencia). Pero a diferencia de la templanza cristiana medieval —que connota principalmente la moderación en el placer físico, especialmente en la comida y la bebida—, la sōphrosýnē griega tiene una semántica mucho más rica y estructuralmente filosófica.
La palabra está compuesta de sōos (sano, salvo, íntegro) y phrēn (φρήν, mente, diafragma, sede del pensamiento y la emoción en la concepción homérica). Su significado etimológico apunta, por tanto, a una mente sana e íntegra, a la salud del interior. En la práctica cultural, la sōphrosýnē implicaba al menos tres dimensiones que conviene distinguir:
- Autodominio (enkráteia / ἐγκράτεια en terminología posterior): la capacidad de controlar los propios impulsos, deseos y pasiones, sin ser arrastrado por ellos.
- Decoro y decencia social: comportarse de manera apropiada según el rol, la edad y el contexto. Una persona sōphrōn sabe cuándo hablar y cuándo callar, cuándo avanzar y cuándo ceder.
- Conocimiento de los propios límites: el famoso gnōthi seautón (γνῶθι σεαυτόν), «conócete a ti mismo», inscrito en el templo de Apolo en Delfos, apuntaba precisamente a esto: el hombre que conoce sus propias fronteras no comete la hýbris (ὕβρις), la soberbia que lleva a transgredir el orden cósmico y social.
Es en esta tercera dimensión —el autoconocimiento— donde el Cármides alcanza su mayor profundidad y su mayor dificultad filosófica, como veremos en la sección siguiente.
Segmentación Argumentativa: La Búsqueda de la Templanza (Sōphrosýnē / σωφροσύνη)
El diálogo está estructurado en torno a cuatro definiciones progresivamente más sofisticadas de la sōphrosýnē. Cada una es propuesta, analizada y refutada mediante el método socrático. La progresión no es accidental: va de lo más externo y conductual a lo más interno y epistemológico, culminando en una aporía de altura metafísica.
Paso 1 — La Templanza como Calma y Tranquilidad (Hēsychiotēs / ἡσυχιότης): La Refutación por la Excelencia de la Velocidad (159b–160d)
a) Quien propone la definición: Cármides, el joven protagonista, intimidado por la pregunta socrática y consciente de que habla con un filósofo de reputación, propone su primera respuesta de manera casi instintiva. Su definición refleja la educación aristocrática de su entorno: la persona moderada es la que actúa con calma, sin prisas, sin estridencia.
b) La definición exacta: La sōphrosýnē consiste en hacer todo con calma y serenidad —hēsychiotēs—: caminar despacio, hablar pausadamente, actuar sin agitación. La persona temperante es aquella que nunca parece apurada ni violenta en sus movimientos o palabras.
c) La objeción socrática: Sócrates despliega una batería de contraejemplos tomados de la vida cotidiana y de la competición atlética. Pregunta a Cármides: en la escritura, ¿es mejor escribir lento o rápido? En la lectura, ¿el lector veloz o el pausado es más admirable? En la lucha, ¿el atleta ágil o el torpe? En la música, ¿el citarista de dedos veloces o el que titubea? En la carrera, los atletas más veloces son los más celebrados y hermosos. La estructura lógica es un argumento por contraejemplo: si la sōphrosýnē fuera hēsychiotēs, y si todo lo sōphrōn fuera bello (kallíon / καλόν) y bueno (agathón / ἀγαθόν), entonces lo lento debería ser siempre superior a lo rápido. Pero la experiencia lo contradice en todos los ámbitos donde podemos observar la excelencia humana.
Platón lo pone en boca de Sócrates con precisión: «¿No hacemos siempre más bella y mejor la lectura, la escritura, el tocar la lira y todo lo demás cuando se hace rápido?» (159e).
d) Por qué falla la definición: La definición confunde un predicado accidental —la apariencia exterior de calma— con la esencia de la virtud. Que la persona moderada pueda parecer tranquila en ciertos contextos no implica que la tranquilidad sea la moderación. Sócrates introduce aquí una distinción implícita que recorrerá todo el diálogo: la virtud no puede ser idéntica a ningún rasgo observable puramente externo.
Paso 2 — La Templanza como Pudor (Aidōs / αἰδώς): El Argumento de Homero (160e–161b)
a) Quien propone la definición: El mismo Cármides, animado por Sócrates a intentarlo de nuevo, ofrece una segunda definición más íntima y afectiva. Esta vez mira hacia adentro: la templanza no es una forma de comportarse, sino una emoción que nos frena antes de actuar indecorosamente.
b) La definición exacta: La sōphrosýnē produce en quien la posee una cierta vergüenza saludable, un pudor (aidōs / αἰδώς) que impide al individuo comportarse de manera indecorosa. El temperante es tímido en el buen sentido: le da vergüenza hacer el mal. El pudor actúa como regulador moral interno.
c) La objeción socrática: Sócrates no recurre aquí a la lógica abstracta, sino a la autoridad máxima de la cultura griega: Homero. Cita los versos de la Odisea (XVII, 347) en los que se afirma: «El pudor (aidōs) no es bueno para el hombre necesitado.» El argumento es simple pero devastador: si hay situaciones en que el pudor es malo —el mendigo que siente vergüenza de pedir limosna muere de hambre—, entonces el pudor no puede ser siempre bueno. Pero la sōphrosýnē, siendo una virtud, debe ser siempre buena. Por tanto, el pudor no puede ser la sōphrosýnē.
d) Por qué falla la definición: El aidōs pertenece al ámbito de los sentimientos y disposiciones afectivas; es contextualmente variable. La virtud, en cambio, en la concepción socrática es una propiedad esencial y estable. Confundir una emoción —aunque noble— con la virtud misma es un error de categoría: se toma el efecto por la causa, el signo por la esencia.
Paso 3 — La Templanza como Hacer lo Propio (Tà Heautoû Práttein / τὰ ἑαυτοῦ πράττειν): La Aporía del Artesano (161b–163d)
a) Quien propone la definición: En este punto el diálogo da un giro significativo. Crítias, que hasta ahora había permanecido como observador impaciente, interviene para salvar a su pupilo Cármides de la aporía y propone él mismo una definición más elaborada, de tono político y cívico. La intromisión de Crítias eleva el nivel intelectual del debate, pero también introduce una tensión dramática: el futuro tirano enseña sobre autocontrol.
b) La definición exacta: La sōphrosýnē consiste en que cada uno se ocupe únicamente de sus propios asuntos (tà heautoû práttein) y no se entrometa en los de los demás. Es una definición que resuena con el ideal aristocrático de la politeia griega: el buen ciudadano cumple su función sin usurpar la de otro. Quien hace lo que le corresponde y no se inmiscuye donde no le llaman es un hombre moderado.
c) La objeción socrática: Sócrates empieza aplicando la definición al pie de la letra con consecuencias absurdas. Si un zapatero sōphrōn solo hiciera los zapatos para sí mismo y no para otros, la ciudad se quedaría sin servicio de zapatería. Si un médico sōphrōn solo curara su propia salud, no habría medicina social. Toda la estructura de la polis se basa en la interdependencia y en que cada artesano produce para los demás. Crítias intenta salvar la definición distinguiendo entre prâxis (πρᾶξις, acción virtuosa propia del ciudadano libre) y poíēsis (ποίησις, fabricación técnica o artesanal, actividad servil). Pero Sócrates presiona: ¿qué son entonces «los asuntos propios» que el temperante debe atender? Sin una definición del bien, la expresión «lo propio» es semánticamente vacía. Todo el mundo puede llamar «propios» a sus deseos y pasiones, incluidos los más desordenados.
d) Por qué falla la definición: La definición es demasiado formal. Proporciona una estructura —«ocuparse de lo de uno»— sin contenido sustantivo. No dice qué cuenta como «lo propio» ni por qué razón es virtuoso dedicarse a ello. Es una definición que parece profunda pero que, bajo examen, resulta hueca: una cáscara sin nuez.
Paso 4 — La Templanza como Autoconocimiento: La Ciencia de las Ciencias (Epistēmē Epistēmōn / ἐπιστήμη ἐπιστημῶν) (163e–176d)
a) Quien propone la definición: Crítias, ahora plenamente comprometido en el debate y sintiéndose en terreno filosófico más firme, propone la definición más ambiciosa y filosóficamente rica del diálogo. Conecta la sōphrosýnē directamente con la máxima délfica y la convierte en una teoría del conocimiento reflexivo.
b) La definición exacta: La sōphrosýnē es el autoconocimiento (gnōthi seautón / γνῶθι σεαυτόν): la única ciencia que tiene por objeto a sí misma y, simultáneamente, a todas las demás ciencias. El hombre temperante es aquel que sabe lo que sabe y sabe lo que no sabe. Crítias llama a esto epistēmē epistēmōn (ἐπιστήμη ἐπιστημῶν), «ciencia de las ciencias» o «ciencia de sí misma»: una facultad metacognitiva que supervisa y evalúa el propio estado epistémico del agente.
c) La objeción socrática: Sócrates despliega aquí su refutación más técnica y filosóficamente densa del diálogo, articulada en dos niveles:
- Objeción ontológica: Toda ciencia, tal como la entendemos, tiene un objeto exterior a sí misma. La medicina tiene por objeto la salud. La arquitectura tiene por objeto los edificios. La matemática tiene por objeto los números y sus relaciones. ¿Puede existir una ciencia que se tome a sí misma como objeto? ¿Puede una visión verse a sí misma viendo? ¿Puede el oído oírse a sí mismo oyendo? Sócrates no niega que tal cosa sea imposible en principio, pero señala que su existencia está completamente por demostrar y que ningún analógico claro encontramos en la experiencia sensible ni intelectual.
- Objeción pragmática: Incluso si concediéramos que existe tal metaciencia, saber «que uno sabe» o «que uno no sabe» no es suficiente para vivir bien. Si el médico sabe que sabe medicina pero no sabe si lo que aplica es bueno para este paciente en estas circunstancias, su saber formal no lo ayuda en absoluto. La sōphrosýnē entendida como metacognición no nos dice qué hacer; solo nos dice cuánto sabemos. Para saber qué hacer, necesitamos saber sobre el bien y el mal —y eso ya no es una metaciencia, sino algo mucho más concreto y urgente—.
La cita del propio texto resume con perfecta honestidad la situación: «Estoy confuso en lo relativo a ella» (175d), confiesa Sócrates ante los presentes. Y en esa confesión está la honestidad que distingue al filósofo del sofista.
d) Por qué falla la definición: Esta cuarta definición no falla por ser demasiado simple, como las anteriores, sino por ser demasiado ambiciosa sin contar todavía con las herramientas conceptuales necesarias para sostenerla. Platón está señalando aquí los límites de su propio período socrático temprano: el autoconocimiento es, sin duda, el núcleo de la virtud, pero articularlo filosóficamente requiere una teoría del alma, del bien y del conocimiento que el Cármides no puede todavía proporcionar. Ese trabajo filosófico mayor quedará para los diálogos de madurez.
Semillas y Ecos para el Futuro
El fracaso del Cármides en definir la sōphrosýnē no es un fracaso filosófico en sentido negativo: es la condición de posibilidad del pensamiento posterior. Como ocurre con las mejores aporías platónicas, el diálogo siembra más de lo que cosecha, y sus frutos aparecen en textos ulteriores de manera reconocible y fecunda.
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Proyección al Menón (FIL-03-12): El Menón retomará la pregunta estructural que subyace al Cármides: ¿es la virtud enseñable? Si la sōphrosýnē es una forma de conocimiento —como propone Crítias—, entonces debería ser enseñable como cualquier ciencia. Pero si nadie puede enseñarla consistentemente, ¿qué tipo de conocimiento es? La tensión entre virtud y episteme que el Cármides deja sin resolver se convierte en el motor del Menón.
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Proyección a la República, Libro IV: En la República, Platón ofrece por fin la definición que el Cármides no puede alcanzar. La sōphrosýnē es la armonía entre las tres partes del alma —la racional (logistikón / λογιστικόν), la irascible (thymoeides / θυμοειδές) y la apetitiva (epithymētikón / ἐπιθυμητικόν)—: la templanza reina cuando la razón gobierna y las partes inferiores consienten ese gobierno. Lo que en el Cármides solo podía formularse como metacognición, en la República se encarna en una psicología estructurada y una política del alma.
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Impacto en Aristóteles: La phrónēsis aristotélica —la prudencia práctica que aparece en el Libro VI de la Ética Nicomáquea— puede leerse como la respuesta directa al problema planteado en el Paso 4 del Cármides. Aristóteles distinguirá la epistēmē (conocimiento científico de lo universal y necesario) de la phrónēsis (saber práctico sobre lo particular y contingente). La metacognición socrática necesitaba precisamente esta distinción para funcionar: no basta con saber que se sabe; hay que saber qué hacer aquí y ahora, en las condiciones concretas de la acción moral. Aristóteles da al problema su solución más madura.
El Cármides es, en suma, un diálogo donde la honestidad intelectual de Sócrates brilla con mayor intensidad precisamente porque reconoce el fracaso. En un mundo —el de Crítias y Cármides históricos— donde los hombres que debaten la moderación acabarán ejerciendo el terror sin freno alguno, la aporía socrática resulta ser más cercana a la verdad moral que cualquier definición pretendidamente exitosa. Quien se sabe ignorante es, en cierta medida, más sōphrōn que quien cree haberlo sabido todo desde el principio.
Bibliografía y fuentes
- Platón. (1981). Diálogos I. Editorial Gredos. https://amzn.to/4v4liOB
- Copleston, F. (2011). Historia de la Filosofía (Vol. 1). Ariel. https://amzn.to/4gQHI26
- Guthrie, W.K.C. Historia de la Filosofía Griega Vol. 4. Gredos.