ECO-07-A: La Escuela Austríaca y el Monetarismo

«Lo curioso de la tarea de demostrar la existencia del orden espontáneo es que consiste en convencer a los hombres de que lo que les rodea, y que no han creado, es ordenado y tiene propósito. […] El conocimiento del que nos servimos nunca existió en forma concentrada o integrada, sino únicamente como fragmentos dispersos de conocimiento incompleto y frecuentemente contradictorio que poseen todos los individuos por separado.»
— F. A. Hayek, The Use of Knowledge in Society (1945)


Génesis y Conexión Histórica

Esta lección reúne dos tradiciones emparentadas pero distintas que protagonizaron la contrarrevolución frente al keynesianismo dominante de la posguerra: la Escuela Austríaca y el monetarismo de Chicago. Ambas defendieron el mercado frente a la planificación y al intervencionismo, pero con argumentos diferentes: los austríacos, desde la naturaleza del conocimiento y el tiempo; los monetaristas, desde la evidencia empírica sobre el dinero.

Su punto de partida común está en la lección anterior: cuando Keynes publicó la Teoría general (1936; ECO-06-A), la economía parecía haberse convertido en la ciencia de la gestión estatal de la demanda. Los treinta gloriosos años de posguerra consagraron esa ortodoxia. Pero ya en los años veinte, desde Viena, Ludwig von Mises había planteado una objeción más profunda que cualquier disputa sobre multiplicadores: no es que la planificación funcione mal, es que no puede funcionar, porque el conocimiento que la coordinación económica requiere no existe disponible para ninguna mente central. Y en los años sesenta, desde Chicago, Milton Friedman demostraría con datos que el mayor desastre que el keynesianismo había aprendido a conjurar —la Gran Depresión— no fue un fallo del mercado, sino de la política monetaria.

Para entender a ambos hay que volver a la fuente: la rama vienesa de la revolución marginalista (ECO-05-A, §1.3), la única que nunca aceptó la síntesis marshalliana de equilibrio.


1. La vena vienesa: de Menger a Mises

Carl Menger (1840-1921) había fundado en 1871 una variante peculiar del marginalismo: frente al formalismo de Jevons y Walras, Menger insistió en la subjetividad radical del valor, en la causalidad temporal de la producción (los bienes de orden superior, cf. ECO-05-A) y en los órdenes espontáneos —instituciones como el dinero, que nadie inventó y que emergen de la interacción de individuos que persiguen sus fines—. Sus herederos —Böhm-Bawerk con la teoría del capital y el interés, Wieser con la imputación— consolidaron una tradición con tres rasgos permanentes: el individuo que actúa como punto de partida (individualismo metodológico), el tiempo y la ignorancia como condiciones reales de la acción, y la desconfianza hacia los agregados y el equilibrio estático.

Ludwig von Mises (1881-1973) llevó estos rasgos a su sistema: La acción humana (Human Action, 1949), que subtituló «tratado de economía», reconstruye toda la disciplina como praxeología —la lógica de la acción humana—: todo agente actúa para sustituir un estado menos satisfactorio por uno más satisfactorio, eligiendo medios para fines, bajo incertidumbre y en el tiempo. Del individualismo metodológico se sigue una consecuencia polémica: no existen entidades colectivas que «decidan»; «la sociedad» o «la nación» son abreviaturas de interacciones entre individuos. La macroeconomía keynesiana, con sus agregados (demanda agregada, consumo nacional), es para Mises una categoría equivocada desde la raíz.

2. El debate del cálculo socialista

En 1920, en plena efervescencia posrevolucionaria, Mises publicó un artículo en el Archiv für Sozialwissenschaft con un título anodino y una bomba dentro: Die Wirtschaftsrechnung im sozialistischen Gemeinwesen («El cálculo económico en la comunidad socialista»). El argumento:

1. La producción moderna exige comparar infinitas combinaciones de factores: ¿acero o aluminio?, ¿aquí o allá?, ¿ahora o después? Comparar exige una unidad común.
2. En el socialismo, los medios de producción son públicos: no se intercambian, luego no hay precios de mercado para ellos.
3. Sin precios de mercado para los factores, no hay forma de saber qué combinación economiza recursos y cuál los derrocha. La planificación central —por sabios que sean los planificadores— opera a ciegas: «donde no hay mercado libre no hay mecanismo de precios; sin mecanismo de precios no hay cálculo económico» (Mises, 1920).

Los socialistas respondieron con ingenio —sobre todo Oskar Lange (1936-1937): el planificador puede simular el mercado, fijando precios de prueba y ajustándolos por tanteo, como el subastador de Walras (cf. ECO-05-A §1.4)—. Pero la respuesta de Friedrich Hayek (1899-1992), alumno de Wieser y colaborador de Mises, elevó el debate a otro plano: el modelo de Lange supone que el planificador conoce los datos (funciones de producción, disponibilidades, preferencias) que el tanteo necesita. Y ese es exactamente el problema.

3. Hayek: el conocimiento y los precios

El artículo de Hayek The Use of Knowledge in Society (1945, American Economic Review) es quizá el texto más citado de la economía del siglo XX. Su tesis: el problema económico de la sociedad no es la asignación óptima de recursos dados, como enseñan los manuales. Es el problema de utilizar un conocimiento que no está dado a nadie en su totalidad: el conocimiento de las circunstancias particulares de tiempo y lugar —el camión vacío que vuelve a la ciudad, el carpintero que sabe dónde hay madera barata, la oportunidad que solo dura un día—, conocimiento práctico, tácito, disperso en millones de cabezas y, en gran parte, imposible de transmitir a una autoridad central en forma estadística.

¿Cómo lo resuelve el mercado? Mediante el sistema de precios, que Hayek describe como un mecanismo de telecomunicaciones: el precio condensa en una cifra la información relevante. Si desaparece una fuente de estaño, no hace falta que nadie sepa por qué escasea: basta que suba su precio para que millones de usuarios lo economien, busquen sustitutos o resignen usos. La «maravilla» del mercado —escribe— es que puede funcionar un orden cuya magnitud nadie comprende, y que «si hubiera sido construido deliberadamente, se contaría entre las mayores creaciones de la mente humana».

De aquí se derivan dos corolarios políticos. El primero, contra la planificación: sustituir los precios por órdenes supone destruir el único sistema conocido de procesar conocimiento disperso. El segundo, más general y conservador: las instituciones que han evolucionado —derecho consuetudinario, lenguaje, mercado— encarnan más información de la que cualquier constructor racional puede manejar; es la defensa hayekiana del orden espontáneo (spontaneous order, o catallaxia para el orden del mercado), heredera directa de la mano invisible de Smith (WN IV.ii.9, cf. ECO-03-A §3) y de Ferguson («resultado de la acción humana, pero no del designio humano»).

4. Camino de servidumbre y la teoría del ciclo

En plena guerra, Hayek publicó The Road to Serfdom (1944), dedicado «a los socialistas de todos los partidos»: la tesis de que la planificación económica integral, aunque se inicie con intenciones democráticas, exige crecientemente decidir los fines de los individuos, y acaba requiriendo la coacción total. El libro —un éxito editorial mundial, condensado por Reader’s Digest— le costó el ostracismo académico y lo convirtió en referente del liberalismo de posguerra (la Sociedad Mont Pèlerin, fundada por él en 1947, reunirá a Mises, Friedman y a toda la futura derecha económica).

Paralelamente, la tradición austríaca había elaborado su propia teoría de las crisis, alternativa a la keynesiana. La teoría austríaca del ciclo económico (Mises, 1912; Hayek, Prices and Production, 1931): la producción es una estructura temporal —bienes de orden alejado del consumo (máquinas, acero) y cercano (pan, ropa)— coordinada por el tipo de interés, que refleja la preferencia temporal de la sociedad (cuánto presente sacrifica por futuro). Si el banco central expande el crédito y deprime artificialmente el interés, los empresarios reciben la señal falsa de que hay más ahorro real disponible: se inician proyectos largos e intensivos en capital que la sociedad no está dispuesta a financiar con ahorro genuino. El auge es, desde el principio, malinversión (malinvestment); la crisis no es el problema, sino la corrección inevitable del desajuste. Contra la receta keynesiana —sostener la demanda en la recesión—, los austríacos recetan lo contrario: dejar liquidar las malas inversiones; prolongar el estímulo solo pospone y agrava el ajuste. La década de 2008-2020, con sus tipos de interés cero y sus debates sobre burbujas de crédito, ha devuelto esta teoría una y otra vez al debate público.

5. El monetarismo de Friedman

Si los austríacos combatieron el keynesianismo desde la teoría, Milton Friedman (1912-2006) lo hizo desde los datos, y con más éxito académico inmediato. Su programa tiene cuatro pilares.

1. La teoría cuantitativa refundada

En The Quantity Theory of Money: A Restatement (1956), Friedman reconvierte la vieja intuición cuantitativa —de los salmantinos del XVI (ECO-01-A §5.3) a Hume (ECO-02-A §4)— en una teoría moderna de la demanda de dinero: la cantidad de dinero que la gente desea mantener es una función estable de unas pocas variables (renta permanente, rendimientos alternativos). Si la demanda es estable, las perturbaciones vienen del lado de la oferta: la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario, producido por un crecimiento de la cantidad de dinero superior al de la producción. La receta de política: renunciar a la discrecionalidad y adoptar una regla fija —la regla del k por ciento: aumentar la oferta monetaria a un ritmo constante y anunciado, igual al crecimiento tendencial de la economía.

2. La Historia monetaria con Anna Schwartz

A Monetary History of the United States, 1867-1960 (1963) es el ariete empírico: capítulo a capítulo, los autores documentan que cada gran contracción económica fue precedida por una contracción monetaria. Y el caso central es la propia Gran Depresión: entre 1929 y 1933 la Reserva Federal permitió que la cantidad de dinero de EE. UU. cayera un tercio, con miles de quiebras bancarias no atendidas. La Depresión no fue —contra la lectura keynesiana— el fracaso terminal del capitalismo y la prueba de que la política monetaria era impotente (la trampa de liquidez, cf. ECO-06-A §3): fue, al contrario, «la Gran Contracción», un desastre de política monetaria que la prueba de su potencia. En el cumpleaños 90 de Friedman, el gobernador de la Fed Ben Bernanke lo reconocería con una frase célebre: «Tenían ustedes razón. Lo hicimos nosotros. Lo sentimos mucho. Pero no volverá a ocurrir».

3. La tasa natural de desempleo (1968)

El discurso presidencial de Friedman ante la American Economic Association en diciembre de 1967 (The Role of Monetary Policy, 1968) es el argumento que desalojó al keynesianismo de su trono. La política de los sesenta se fundaba en la curva de Phillips: una relación estable y explotable entre inflación y desempleo —más inflación, menos paro—. Friedman demostró que esa relación es un espejismo: existe una tasa natural de desempleo, determinada por factores reales (fricciones, información, instituciones), y cualquier intento de mantener el paro por debajo de ella mediante inflación solo funciona mientras la gente no ajuste sus expectativas. Cuando los trabajadores anticipan la inflación, exigen salarios acordes y el paro vuelve a su tasa natural —con la inflación ya instalada. Mantener el empeño exige inflación acelerada: la espiral. La predicción se cumplió con precisión de relojero en la estanflación de los setenta —inflación y desempleo creciendo juntos—, fenómeno imposible en el modelo keynesiano estándar. Friedman recibió el Nobel en 1976; el consenso macroeconómico había cambiado de bando.

4. Libertad y mercado

Como Hayek, Friedman fue también un filósofo público: Capitalism and Freedom (1962) —certificado de retención militar, escuelas con vale, tipo de cambio flotante, impuesto negativo sobre la renta— y la serie televisiva Free to Choose (1980) lo convirtieron en el intelectual más influyente de la derecha económica de Reagan y Thatcher. Su liberalismo, sin embargo, era instrumental más que de principios: el mercado no es bueno por naturaleza, sino porque es el mecanismo que mejor coordina a personas libres y disidentes sin obligarlas a ponerse de acuerdo.

6. Dos tradiciones, un legado

Conviene no fundir lo que la historia juntó. Austríacos y monetaristas comparten la defensa del mercado y la crítica del activismo estatal, pero difieren en lo esencial: para Friedman la ciencia económica es empírica y predictiva (la metodología de su ensayo de 1953: las hipótesis se juzgan por sus predicciones, no por el realismo de sus supuestos); para Mises es una deducción praxeológica que ningún dato puede refutar. Para los austríacos, la banca central es la fuente misma del ciclo; para Friedman, es una institución necesaria que debe regirse por reglas. Y sin embargo, el legado conjunto es el que estructura nuestro presente: bancos centrales independientes con metas de inflación, desconfianza hacia la discrecionalidad, y la convicción —renovada tras cada crisis— de que el dinero y las expectativas mandan.


Ecos y Semillas para el Futuro

1. Cierre del arco del curso: la pregunta por el orden sin ordenador —inaugurada por Smith y la mano invisible (ECO-03-A)— recibe en Hayek su formulación más profunda; el curso entero puede leerse como la historia de esa idea y de sus críticos (Marx, ECO-04-A; Keynes, ECO-06-A).
2. Las expectativas racionales: la tasa natural de Friedman abrió la puerta a Lucas, Sargent y la nueva macroeconomía clásica de los setenta-ochenta, que llevará el argumento de las expectativas a su forma matemática radical.
3. Hacia la economía conductual (ECO-08-A): la última palabra del siglo no la tendrán ni el planificador ni el calculador perfecto: la psicología experimental mostrará que el agente real decide con atajos y sesgos, dando la razón, curiosamente, tanto a Keynes (espíritus animales) como a los austríacos (ignorancia radical), y planteando una nueva pregunta: si erramos sistemáticamente, ¿quién debe decidir por nosotros?
4. El debate del cálculo, actualizado: big data, inteligencia artificial y planificación algorítmica han resucitado la pregunta de 1920: ¿puede una máquina con toda la información sustituir al mercado? La respuesta de Hayek —el conocimiento tácito no es big data— sigue siendo el argumento a batir.


Referencias Bibliográficas

Menger, C. (1985). Principios de economía política* (M. J. Segador, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1871)
Mises, L. von (1968). La acción humana: tratado de economía* (J. R. Sarasqueta, Trad.). Unión Editorial. (Obra original publicada en 1949)
Mises, L. von (1935). Economic Calculation in the Socialist Commonwealth. En F. A. Hayek (Ed.), Collectivist Economic Planning*. Routledge. (Obra original publicada en 1920)
Hayek, F. A. (2001). Camino de servidumbre* (J. R. Sarasqueta, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1944)
Hayek, F. A. (1945). The Use of Knowledge in Society. The American Economic Review*, 35(4), 519-530.
Friedman, M. (1992). Capitalismo y libertad* (J. Díaz, Trad.). Rialp. (Obra original publicada en 1962)
Friedman, M. (1968). The Role of Monetary Policy. The American Economic Review*, 58(1), 1-17.
Friedman, M., & Schwartz, A. J. (1963). A Monetary History of the United States, 1867-1960*. Princeton University Press.
Schumpeter, J. A. (1994). Historia del análisis económico* (M. Saborido, Trad.). Ariel. (Obra original publicada en 1954)