ECO-06-A: John Maynard Keynes y la Demanda Agregada
«Los hombres prácticos, que se creen completamente libres de toda influencia intelectual, son generalmente esclavos de algún economista difunto. Los locos de la autoridad, que oyen voces en el aire, destilan su frenesí de algún escriba académico de años atrás.»
— John Maynard Keynes, Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, cap. 24 (trad. FCE, 2006)
Génesis y Conexión Histórica
Entre 1929 y 1933 la producción industrial de Estados Unidos cayó casi a la mitad y el desempleo superó el veinticinco por ciento; en Alemania y Gran Bretaña, cifras comparables. El mundo rico se hundía en la Gran Depresión mientras la teoría económica dominante —la síntesis marshalliana heredera de la revolución marginalista (ECO-05-A)— aseguraba que tal cosa era imposible: los mercados, dejados a sí mismos, tienden al pleno empleo; el paro masivo solo podía ser fricción pasajera o salarios rígidos a la baja que tarde o temprano cederían.
John Maynard Keynes (1883-1946) era la autoridad misma de esa tradición: alumno de Marshall y Pigou en Cambridge, autor del Tract on Monetary Reform (1923) y del Treatise on Money (1930), negociador del Tesoro británico en Versalles —donde dimitió y escribió en tres meses el panfleto más certero del siglo, Las consecuencias económicas de la paz (1919), que vaticinó la catástrofe que las reparaciones impuestas a Alemania preparaban—. Ningún hombre encarnaba mejor el establishment. Y ninguno lo demolería con más eficacia.
La Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero (1936) es el resultado de lo que su autor llamó «una larga lucha para escapar» de las ideas en las que había sido educado. Su tesis central puede enunciarse en una línea: una economía de mercado no tiene ningún mecanismo que garantice el pleno empleo; el nivel de actividad lo determina la demanda agregada, y ésta puede quedarse —y quedarse mucho tiempo— por debajo de la capacidad productiva. De ahí se sigue la revolución práctica: si el mercado no se corrige solo, el Estado debe hacerlo. Esta lección recorre el argumento en sus cuatro piezas maestras: la demanda efectiva, el multiplicador, la preferencia por la liquidez y los espíritus animales.
1. La refutación de la ley de Say: la demanda efectiva
La economía clásica descansaba en la llamada ley de Say: la oferta crea su propia demanda. Producir es generar, en el mismo acto, la renta con que se comprará lo producido; puede haber desajustes sectoriales, pero no una escasez general de demanda. Del ahorro tampoco hay que preocuparse: lo ahorrado se presta en el mercado de fondos, y el tipo de interés —el precio de ese mercado— equilibra ahorro e inversión. En el mercado de trabajo ocurre lo mismo: el salario ajusta hasta emplear a todos los que quieren trabajar. El paro masivo persistente es, en este esquema, una contradicción.
Keynes invierte el orden causal en el capítulo 3, «El principio de la demanda efectiva». El nivel de empleo no se fija en el mercado de trabajo: se fija en la demanda efectiva, es decir, en la demanda agregada que los empresarios esperan recibir al decidir cuánto producir. Si la demanda esperada (consumo más inversión) solo justifica producir para emplear al 75 % de la fuerza laboral, la economía se estabilizará ahí: un equilibrio de subempleo —equilibrio, porque nada en el sistema tiende a moverlo de ese punto. Los salarios pueden caer indefinidamente sin curar el paro: bajar los salarios baja también la renta y con ella la demanda, de modo que la cura clásica agrava la enfermedad.
El giro es sutil y radical. Los clásicos razonaban como si la economía fuera un trueque sofisticado; Keynes subraya que vivimos en una economía monetaria de producción, donde las decisiones de gastar y de ahorrar las toman personas distintas, en momentos distintos, sobre un futuro desconocido. El ahorro no se transforma automáticamente en inversión: el ahorro es un residuo de la renta no gastada; la inversión, una decisión autónoma de los empresarios. Cuando la segunda flaquea, el primero no la rescata —la acompaña a la baja, vía caída de la renta. Es la paradoja de la frugalidad: si todos deciden ahorrar más simultáneamente, la demanda se desploma, la renta cae, y la sociedad acaba ahorrando lo mismo o menos que antes. Lo que es virtud en el individuo puede ser catástrofe en el agregado: la falacia de composición que recorre todo el libro.
2. El multiplicador
Si la demanda manda, ¿en cuánto aumenta la renta cuando alguien —el Estado, un inversor— gasta una unidad adicional? La respuesta de Keynes (cap. 10, tomada de su discípulo Richard Kahn) es el multiplicador.
El eslabón es la propensión marginal a consumir (marginal propensity to consume): de cada unidad adicional de renta, la gente gasta una fracción (digamos, 0.8) y ahorra el resto. Un gasto autónomo de 100 se convierte en renta de otros; esos otros gastan 80, que se convierten en renta de otros, que gastan 64… La suma de la cadena es 100 / (1 − 0.8) = 500. El multiplicador es tanto mayor cuanto mayor es la propensión a consumir; y en las depresiones —con capacidad ociosa y trabajadores disponibles— ese gasto adicional se traduce en producción y empleo reales, no en precios.
La consecuencia política es inmediata y se formula sin florituras: en una depresión, el gasto público se autofinancia en gran parte vía renta y recaudación, y hasta proyectos de dudosa utilidad son preferibles al paro:
«Si el Tesoro llenara de billetes unas botellas viejas, las enterrara […] y dejara a la iniciativa privada desenterrarlas […] la renta real de la comunidad […] probablemente llegaría a ser mucho mayor de lo que es.» (Teoría general, cap. 10, sec. 6)
La boutade tiene su seriedad: lo irracional no es cavar pozos para rellenarlos, sino dejar ociosos a millones de personas que podrían estar produciendo bienes útiles, solo porque nadie ha organizado el gasto que los emplee. El famoso «keynesianismo de obras públicas» —el New Deal, el rearme, los planes de estímulo de 2008 y 2020— desciende de este capítulo.
3. El dinero y el interés: la preferencia por la liquidez
La economía clásica trataba el dinero como un velo: un intermediario neutro cuya cantidad fijaba los precios pero no tocaba las variables reales (la dicotomía clásica). Keynes —economista monetario de formación— hace del dinero el corazón del problema. El tipo de interés, sostiene, no es el precio que equilibra ahorro e inversión: es el precio que equilibra la cantidad de dinero existente con el deseo de la gente de mantener riqueza en forma líquida (caps. 13 y 15). A ese deseo lo llama preferencia por la liquidez (liquidity preference), y lo descompone en tres motivos:
– Motivo transacción: mantener dinero para los pagos corrientes.
– Motivo precaución: para imprevistos.
– Motivo especulación: para apostar a la baja de los bonos (cuando se espera que el interés suba, conviene quedarse líquido para comprar después más barato).
El motivo especulación conecta el interés con las expectativas, y de ahí nace un fenómeno decisivo: la trampa de la liquidez (cap. 15, sec. 2). Cuando el pánico se apodera de los mercados, todo el mundo quiere liquidez y nadie quiere bonos; el banco central puede emitir todo el dinero que quiera que el público lo absorberá sin que el tipo de interés baje más. La política monetaria —el instrumento favorito de la ortodoxia— se vuelve entonces «empujar una cuerda»: inútil precisamente cuando más se necesita. Es la explicación teórica de por qué la Gran Depresión no se resolvió con dinero barato, y el argumento que consagra la primacía de la política fiscal en las crisis profundas. (El término exacto «trampa de la liquidez» es de la posteridad keynesiana —Hicks, Krugman—, pero el fenómeno y su análisis son del capítulo 15.)
4. La inversión y los espíritus animales
Si la inversión es la pieza autónoma y oscilante de la demanda, ¿de qué depende? De la eficiencia marginal del capital —el rendimiento esperado de la inversión— comparada con el tipo de interés (cap. 11). Hasta aquí, ortodoxia. Pero Keynes da el paso que la ortodoxia no podía dar: los rendimientos esperados no son datos objetivos, porque el futuro no es calculable. Distingue —como hará de modo explícito en su artículo de 1921 sobre probabilidad y repetirá en 1937— entre riesgo (probabilidades conocidas: la ruleta) e incertidumbre genuina: no sabemos y no podemos saber qué rendirá una fábrica dentro de diez años.
Bajo incertidumbre, la inversión no puede ser un acto de cálculo: es un acto de confianza, sostenido por convenciones frágiles (suponer que el presente se prolonga, imitar a los demás) y por algo más elemental:
«La mayor parte de nuestras decisiones positivas […] solo pueden tomarse como resultado de los espíritus animales (animal spirits), de un impulso espontáneo a la acción en lugar de la inacción, y no como el resultado de un promedio ponderado de beneficios cuantitativos multiplicados por probabilidades cuantitativas.» (Teoría general, cap. 12, sec. 7)
De ahí la volatilidad estructural de la economía de mercado: cuando los espíritus animales decaen, la inversión se paraliza, el multiplicador opera a la inversa y la espiral de pesimismo se autorrealiza. El mercado de valores —esa actividad en la que «anticipamos lo que la opinión media espera que sea la opinión media» (el célebre símil del concurso de belleza, cap. 12, sec. 5)— amplifica el vaivén. La conclusión institucional del capítulo es sorprendente incluso hoy: la socialización de la inversión, es decir, que el Estado asuma la responsabilidad de estabilizar el volumen de inversión, porque dejarla al humor privado es dejar el empleo de todos al vaivén de unos pocos.
5. Las «notas sociales»: el capítulo 24
El libro se cierra con una reflexión filosófica que sus admiradores suelen omitir y sus detractores exageran. Keynes declara dos defectos de la sociedad de su tiempo: el paro masivo y la distribución arbitraria e injusta de la renta y la riqueza. Su remedio no es la abolición del mercado —el individualismo, escribe, es la mejor salvaguarda de la variedad y de la libertad personal—, sino su complemento: una gestión pública de la demanda agregada y del tipo de interés que, manteniendo el pleno empleo, haría además caer la recompensa del capital escaso hasta, quizá, la «eutanasia del rentista» —la desaparición del poder del propietario financiero que vive de la escasez del capital que él mismo contribuye a mantener escaso—.
Y la advertencia final, la de la cita inaugural: las ideas de los economistas y de los filósofos políticos, «tanto cuando tienen razón como cuando están equivocadas, son más poderosas de lo que comúnmente se entiende. En verdad, el mundo está gobernado por poca cosa más». La Teoría general es la mejor prueba: en treinta años, su esquema —demanda agregada, multiplicador, estabilización fiscal— pasó de herejía a ortodoxia de todos los gobiernos occidentales, hasta que la estanflación de los setenta y el monetarismo de Friedman le disputaron el trono (ECO-07-A). El debate entre ambos es, todavía, el esqueleto de la política macroeconómica contemporánea.
Ecos y Semillas para el Futuro
1. Hacia el monetarismo (ECO-07-A): Friedman aceptará el instrumental keynesiano para darle la vuelta: el dinero sí importa, y mucho; la Depresión fue ante todo un fracaso monetario. El duelo Keynes–Friedman ordena la macroeconomía desde 1950 hasta hoy.
2. Hacia la economía conductual (ECO-08-A): los animal spirits y la incertidumbre radical son el reconocimiento, por uno de los fundadores de la economía moderna, de que los agentes no calculan como el homo economicus: medio siglo después, la psicología experimental vendrá a documentarlo (Akerlof y Shiller titularon en 2009 un libro simplemente Animal Spirits).
3. Las síntesis y las crisis: la «síntesis neoclásica» (Hicks, Samuelson) domesticó a Keynes en el modelo IS-LM; las crisis de 1970 y 2008 lo desenterraron dos veces. Cada recesión importante reaviva la pregunta que la Teoría general formuló: ¿quién estabiliza la demanda cuando los espíritus animales huyen?
4. El hilo largo: la crítica a la ley de Say cierra el arco abierto por Smith (ECO-03-A): el orden espontáneo del mercado es real pero incompleto; la pregunta por lo que el mercado no puede hacer solo —ya presente en los tres deberes del Estado smithiano— encuentra en Keynes su formulación macroeconómica definitiva.
Referencias Bibliográficas
Keynes, J. M. (2006). Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero* (D. Hornes y G. Feliu, Trads.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1936)
Keynes, J. M. (2004). Las consecuencias económicas de la paz*. Crítica. (Obra original publicada en 1919)
Hicks, J. R. (1937). Mr. Keynes and the “Classics”: A Suggested Interpretation. Econometrica*, 5(2), 147-159.
Akerlof, G. A., & Shiller, R. J. (2009). Animal Spirits: How Human Psychology Drives the Economy*. Princeton University Press.
Schumpeter, J. A. (1994). Historia del análisis económico* (M. Saborido, Trad.). Ariel. (Obra original publicada en 1954)
Skidelsky, R. (2003). John Maynard Keynes: 1883-1946. Economist, Philosopher, Statesman*. Macmillan.
Blaug, M. (1985). Teoría económica en retrospectiva* (J. M. García de la Torre, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1962)
Bibliografía y fuentes
- Keynes, J. M. (2006). Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero (D. Hornes y G. Feliu, Trads.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1936)
- Keynes, J. M. (2004). Las consecuencias económicas de la paz. Crítica. (Obra original publicada en 1919)
- Schumpeter, J. A. (1994). Historia del análisis económico (M. Saborido, Trad.). Ariel. (Obra original publicada en 1954)
- Heilbroner, R. L. (1987). Los grandes economistas (M. Márquez, Trad.). Argos Vergara. (Obra original publicada en 1953)
- Blaug, M. (1985). Teoría económica en retrospectiva (J. M. García de la Torre, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1962)
- Skidelsky, R. (2003). John Maynard Keynes: 1883-1946. Economist, Philosopher, Statesman. Macmillan.
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